Aepe - Asociación europea de profesores de Español

Hemos leído


Ángeles arcabuceros, de Alice Velázquez-Bellot

Ángeles arcabuceros, de Alice Velázquez-Bellot

En el segundo relato de este libro, se nos cuenta que Diego, el protagonista de “El último jardinero”, después de contemplar una escena sorprendente a la que no logra dar explicación racional, “se esforzaba en alejar la tentación de confundir realidad e imaginación”. Yo no sé si Alice Velázquez-Bellot se ha planteado alguna vez al escribir sus relatos cuál había de ser la proporción adecuada entre estos dos ingredientes constitutivos del género cuento. Me atrevería a decir que no; que el perfecto equilibrio logrado entre ellos en este libro se debe a una fuerza del subconsciente de la escritora. Pero es obvio que esa armonía existe y que es uno de los principales valores de Ángeles arcabuceros.

El otro gran valor de este libro es su coherencia interna: aunque cada relato es independiente, de la lectura global del libro se desprende una concepción vital y estética que da unidad al conjunto. Sin caer en la moralina, la escritora consigue trasmitir al lector un mensaje que, aunque subliminar, provoca una cierta inquietud y deja un mal sabor de boca, como si hubiéramos bebido “Tierra Santa”. No obstante, ese mal sabor de boca aparece contrarrestado por el placer de la lectura que producen unos textos de una expresión muy rica, ágil y sugerente. Al final, estos relatos dejan también -como los gránulos de la “Tierra Santa”-, un poso indeleble en nuestras conciencias.

Vayamos por partes. Al abordar esa relación de fuerzas entre realidad e imaginación, podría parecer en una primera lectura que en estos relatos la balanza se inclina del lado de la imaginación, puesto que la mayoría de los ellos tiene un componente fantástico. Pero, si se analizan con más detalle, se ve que el componente imaginativo no oculta una realidad perfectamente dibujada: la auténtica realidad, una realidad que resulta terrible, por la acción del hombre, y trágica, por el efecto de fuerzas inexorables, como la muerte.

Lo que ocurre en este libro es que la realidad reflejada no es solo la objetiva, susceptible de ser captada por los sentidos, sino que esta aparece enriquecida en dos sentidos: primero, por la visión profunda que la voz narrativa añade a la misma; segundo, por la incorporación de aquello que forma parte de nuestro “imaginario”, pero que está más allá de lo aparente sensible. Se me podrá reprochar que estoy tratando de desvelar el sentido de la realidad reflejada en este libro y que recurro a un término derivado de “imaginación”, pero es que el entendimiento humano, frente al de los animales, se caracteriza por su capacidad de abstraer, de sacar conclusiones, de crear imágenes que recrean nuestra visión de la realidad. La imagen -en proporción similar a los sentidos- conforma nuestra concepción del mundo y de la vida.

La realidad es igual para todos, pero unos solo la ven con los ojos y otros saben verla con la inteligencia y el corazón. Al describir un cementerio, la voz narrativa de “El último jardinero” explica:

 

Enfrente, cruzando el paseo, mausoleos recubiertos descuidadamente por plantas trepadoras cuentan en esculturas historias de esposas adoloridas. Cabezas caídas y puños cerrados retienen corazones; manos desesperadas esconden rostros; rodillas que descansan en el suelo imploran confortación; torsos sumisos casi desnudos esperan consuelo y cuerpos retorcidos, envueltos en voluptuosos pliegues, pierden el aliento. La soledad esculpida en todo su esplendor.

 

De cada detalle de ese paisaje exterior, creación humana como ningún otro, se sabe hacer una lectura profunda; se sabe ver el calor humano que el frío mármol esconde; se sabe ver el sentimiento que refleja la insensible materia. Por eso, la conclusión no puede ser más contundente: “la soledad esculpida en todo su esplendor”. La voz autorial nos desvela y nos hace captar una realidad trascendida de la mera materia, una abstracción, una imagen del mundo. Y no solo se nos ofrece esa conclusión desde fuera; después de haber reparado en lo que esconde cada gesto de las esculturas, cada pliegue, cada actitud, los lectores hacemos nuestra esa terrible conclusión que cierra el párrafo.

En segundo lugar, la realidad aparece enriquecida por la inclusión en ella de aquello que no puede ser captado por los sentidos, que necesita de imágenes para lograr su comprensión, pero que intuimos su existencia. La realidad humana es distinta a la de los animales porque nuestra concepción de la vida incluye la conciencia de la muerte. Nada reúne en sí mismo una fusión tan perfecta de realidad e imaginación como la idea de la muerte. Sabemos que existe, que es una realidad ineludible e incuestionable, pero solo podemos acceder a ella como imagen, como abstracción. La conocemos en otros, pero no la experimentamos personalmente, puesto que cuando morimos cesa nuestra conciencia. Resultaría una realidad fragmentada si no incluyera nuestra concepción de la muerte y dicha concepción, por nuestra ignorancia, por nuestra impotencia, raya siempre el ámbito del misterio. Creamos imágenes para tratar de aprehenderla -símbolos amenazantes, como la calavera- y para tratar de conjurar su poder: abstracciones confortadoras como la existencia de los espíritus; o materializaciones de nuestra esperanza, como ángeles que guían nuestro camino hacia la salvación.

Fruto de la sorpresa que produjo la incursión del mundo ultraterreno en la realidad objetiva por parte de algunas novelas hispanoamericanas del llamado boom, se acuñó el término de “realismo mágico”. Se trataba así de explicar  esa fusión de realidad objetiva y de fenómenos inexplicables por la razón. Pero poco había de magia en esa realidad recreada narrativamente, por muy sorprendente que resultara para los europeos. Más bien habría que hablar de realidad plena, de realidad integradora, de realidad humana, marcada por la propia naturaleza del hombre, concebido como “ser para la muerte”.

Esa realidad humana, ampliada, a menudo enmascarada por la prisa, por el disimulo, por la inconsciencia de la vida moderna, es desvelada por Alice Velázquez-Bellot. La realidad objetiva es trascendida y se nos revela en toda su crudeza. Al incluir la muerte, la aprehensión de la realidad requiere necesariamente de la imagen. La objetividad de la muerte se concreta en la imagen del cementerio, contemplado como “morada de ensueño”. Lo primero que captamos al leer este libro es esa realidad ampliada, una realidad redescubierta por obra y gracia de la imaginación.

Pero la tragedia humana no está solo en su final, sino en el recorrido mismo. La vida moderna resulta desnaturalizada y deshumanizada, y, en consecuencia, frustrante.  Resulta deshumanizada porque el hombre ha perdido su norte. Hace cosas, muchas, como “Manitas de oro”, que “En la casa todo le era fácil: arreglar, agregar, construir, demoler…”, pero se sabe “un segundón” y se siente frustrado;  como Héctor Mitre, que se recluye en la casa colonial de sus padres huyendo del mundanal ruido; o como Cándida Pago, a quien “nadie añora” tras su desaparición final.

Los personajes que se pasean por los relatos de este libro son seres solitarios, disgregados, desubicados, forzados a una vida sin sentido. Por eso, cuando a veces, se les brinda la oportunidad de restablecer el orden, se sienten empujados a “concluir una misión”, sea de forma inconsciente, como “Cándida Pago” o de forma consciente, como “El último jardinero” o “El revividor”. Y muchos de ellos reclaman su derecho a crearse su propio paraíso natural, como “Manitas de oro” o “El hacedor de trinos”, este llegando a sentirse “Asistente único del Creador”. Y cumplen su misión, aunque tengan que inmolarse para lograr su objetivo: la muerte siempre está presente como realidad que no puede soslayarse.

 

Esa misión que muchos de estos personajes asumen tiene que ver con la desnaturalización de la vida moderna: se ha producido una quiebra entre la naturaleza y el ser humano. El hombre vive de espaldas a la naturaleza y eso traiciona su propio ser. Pero la naturaleza no se rinde y en este libro logra siempre el protagonismo que le corresponde. Como he dicho antes, en Ángeles arcabuceros se imponen soluciones fantásticas para agitar nuestras conciencias y recordarnos que nosotros somos los responsables de la traición a la naturaleza y que solo nosotros podemos restablecer el orden natural. A veces, la naturaleza se sirve de una persona para recuperar el terreno que la urbe moderna le ha arrebatado por la fuerza –como en “Cándida Pago”-, o para dotar de vida a aquellos seres a quienes el hombre se la ha quitado, como en “El revividor”. La naturaleza nos recuerda que ella es el origen de la vida, mediante el símbolo del nacimiento de los niños debajo de las “Piedras”. Otras veces la naturaleza se impone hasta lograr la metamorfosis de un hombre, como ocurre en “Juegos de piel”; o se sirve de “Ángeles arcabuceros” para preservar la religiosidad natural de los aldeanos; o muestra su poder, imponiendo su presencia continua a un hombre, como en “La inquilina”. Este relato resulta revelador: se parte de un hecho hecho prodigioso, el nacimiento  de una especie de nubecilla que rodea continuamente la cabeza de un hombre. Va a consultar a un sacerdote y este le explica así el fenómeno: “No es un hechizo ni una maldición, hijo, sino la pura naturaleza”. Y la única solución es devolverle a la naturaleza lo que es suyo, pero para poder hacer esto debe aprender a volar. En el proceso de aprendizaje, el sacerdote le da este consejo: “¡La brisa! Debes esperarla, oírla, penetrar en ella y ella se desliza por tu piel hasta ocupar tus huesos”. Es cierto que en este relato domina de principio a fin la imaginación, pero también es cierto que al final prevalece un mensaje que sirve para nuestra vida real: el reencuentro y fusión con la naturaleza, como única posibilidad de liberación.

Hay que destacar además que solo  la naturaleza brinda la oportunidad de poner en contacto la parte material y la parte espiritual del hombre. Esto se aprecia muy bien en “El último jardinero”, cuando el espíritu que se aparece al jardinero le explica:

Donde nos encontramos no es un azar. El Cielo y la Tierra se penetran, se mezclan en este punto y gracias a su terneza para con las madreselvas, ellas permitieron deslizarme y llegar hasta usted.

Esta concepción vital que subyace en Ángeles arcabuceros se apoya en una voluntad estética basada en la naturalidad, la precisión y la riqueza expresiva. Pero la sensación de naturalidad no debe ocultar la trabajada estructura y expresión de estos relatos. Las técnicas son variadas: por poner dos ejemplos, destaco la estructura circular, muy lograda, de “El último jardinero”, que consigue crear además la ilusión de la literatura dentro de la literatura; o la técnica de intercalar pasajes de la misteriosa historia narrada, en “El hacedor de trinos”, con pasajes de la reconstrucción policial, procedimiento que logra una mayor sensación de realidad, a pesar del carácter imaginario de lo narrado.

Cierro este prólogo retomando una de mis afirmaciones iniciales, la referida a la coherencia interna del libro. A pesar de la independencia y originalidad de cada uno de estos relatos, la unidad deriva del hecho de que el conjunto encierra una misma concepción vital. No llega a haber moraleja en los relatos. Al contrario, son cuentos con finales abiertos, pero, de alguna manera, vuelven a poner al hombre en el lugar que le corresponde. Podemos concluir que, al final de la lectura del libro titulado Ángeles arcabuceros, sentimos que, justamente, “El tiempo del vacío había terminado y el orden natural ya estaba restablecido”.

 

María Pilar Celma Valero

Inicio | Noticias | Actividades | Publicaciones | Medios | Contacto jocuri

Aviso legal    Logo Aepe  © 2017  Tictac Soluciones Informáticas  Tictac Soluciones.