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Tapa el sol con el pulgar

Tapa el sol con el pulgar

EXQUISITO Y BRUTAL
Medrano, Diego, Tapa el sol con el pulgar, Valladolid, Difácil, 2009. 266 págs. 

Los de Medrano son, siempre, libros que dinamitan la frontera entre los géneros literarios. Como él mismo ha declarado, descree de los géneros literarios y necesita cambiar constantemente, ir del relato a lo poético, al reportaje o la confesión, sin distingos ni planes previos para adscribir sus páginas: “Yo no decido nada, los libros vienen y yo escribo”, confiesa ante Antonio Valle (http://www.literaturas.com/v010/sec0810/entrevistas/entrevistas-02.html). En este tipo de respuestas, en su iniciación (el epistolario con Panero) y en la voluntariosa trayectoria de joven escritor con ídolos se percibe una auténtica vocación literaria, impostada y, por eso mismo, auténtica. Medrano posa de enfermo de la literatura, y nada mejor que eso le convierte en un verdadero enfermo de la literatura.

Tapa el sol con el pulgar confirma este divino mal, que se manifiesta, a primera vista, en el exceso, la desmesura verbal. Las palabras parecen no decidirse del todo entre servir a la expresión de argumentos lógicos o liberarse de esta servidumbre (Non serviam!) y concatenarse unas con otras por el mero gusto del encadenamiento de ideas o el placer sonoro: “Y el alcohol siempre ahí, aquí, como paracaídas o paraguas; el envés justo de los que uno es pasados los cuarenta años; máscara de hierro a la que aferrarte para no desteñir como si lo hicieron otros, la costumbre de todos aquellos que pasean solitarios, formando raros círculos, en exasperantes noches de aguacero aunadas con el peor de los sopores, insalvables e invisibles grados de soledad, convulsiones gravísimas. Siempre ha sido un alma en pena, salpicada de alcoholes diversos: Apollinaire femenino y amanerado que el viento arrastra sin importancia, como hoja de papel o caricia o sobra; armamento pesado, lastrado de cicatrices, cuyo vaso ancho sujetan los dedos temblorosos como si ésta o aquélla fueran las últimas copas de una vida saturada de neurosis, la única espada valiosa que ha merecido la pena salvar del combate, el mapa mucho antes que el tesoro mismo cuya identidad se ha perdido. Tesoro desconocido, a saber cuál es, si es que algún día se supo, y un mapa o unos pasos que siempre comienzan igual, de barra en barra y de tragedia en tragedia: cuanto niega el presente y al mismo tiempo, qué duda cabe, todo sueño anterior…” (págs. 15-16). El discurso lógico no queda abolido, pero parece siempre a punto de serlo, en un permanente coqueteo con la locura, que resulta más desasosegante que los simples automatismos. No es el absurdo sin más, etiquetable como absurdo y por tanto inofensivo: es la normalidad que se asoma permanentemente tentada por el abismo del sinsentido.

Pero sí,  esta novela cuenta una historia, y es una historia que son tres: las vidas entrecruzadas de tres mujeres que se encuentran, se desencuentran, se atraen y se rehúyen durante una noche, en un Madrid sonámbulo donde pasa de todo, y casi todo malo. Claro que una lleva muchas papeletas cuando es una aristócrata dipsómana, o una música callejera, o una joven provinciana que va para starlet y se estrella en el asfalto de la capital. Las tres damas se hunden hasta el cuello en el fango urbano que amenaza anegarlas, pero, divas hasta el final, no descomponen su gesto ni cuando los golpes más arrecian. Esa es, precisamente, su apoteosis, porque Tapa el sol con el pulgar es, entre otras cosas, una novela sobre la belleza venenosa del fracaso, en la efigie de la mujer (multiplicada por tres) que acodada en una barra de bar apura hasta las heces su destino a palo seco, confiando en que las monedas de su bolsillo alcancen para pagar, o en que su cuerpo todavía valga como cheque en blanco.

Los muchachos malvados y bellos, las aceras hostiles y el alcohol son compañías nada recomendables, y Mercedes Hinojosa, Margot Asín y Claudia Signoret parecen imantadas para atraerlas. La impotencia con que el lector asiste a sus calamidades solo es comparable al placer que estas le brindan. Algunos lectores hablan de violencia gratuita. Hay, sí, violencia en el libro, y si es gratuita, lo es en la medida en que son gratuitos el arte, el estilo, o la belleza, que por definición no se deben a ninguna motivación ulterior. Creo que el lector que lee Tapa el sol empatizando con los personajes yerra en las claves de la novela, que son literarias y no sentimentales. Incluso en la escena de la violación y paliza que tres maleantes infligen a Margot, compadecer a esta sería un despropósito tal como compadecer a la Santa Águeda de Tiépolo (que comparte semejante sino de mutilación de la pecadora Margot).

No por contener alcohol, drogas, matones y mucha calle nocturna hay en la novela de Medrano realismo, ni sucio ni limpio, porque no es reproducir la realidad lo que importa (la vida ya se copia bastante a sí misma): lo que importa es el arte. La historia se supedita al discurso; la intriga (que existe, y es magnética: el lector no podrá abandonarla sin desazón) sirve al torrente verbal del autor. La página es un hervidero de frases deslumbrantes, encadenadas con una rara facilidad que solo a unos pocos les es dada. Medrano es de la estirpe de los funambulistas, como Umbral (al que dedicó su anterior novela), o como Gómez de la Serna (pero más cruel). Resultan rigurosamente exactas las palabras de Luis Alberto de Cuenca sobre la novela: “Aquí, bajo el sol negro de la melancolía nervaliana, la cultura y la vida se pelean en el cuadrilátero del vacío. Hay tráfico de esmeraldas en los ojos de los halcones, y las mujeres histéricas pujan para adquirir el antídoto que evita el desamparo. Sean ustedes bienvenidos a este desasosiego de palabras, al pugilato de estos cuerpos a punto de disnea que no recuerdan que lo son”.

La de Medrano es una obra literaria: la obviedad requiere explicación. Toda literatura está hecha no de sentimientos, sino de más literatura; algunos autores, además, son conscientes de ello. En la escritura de Medrano se suceden en tropel las citas, imponiéndose a menudo al motivo de la cita misma, con-citadas por el mismo placer de citar. A veces parece como si Medrano pusiese a los egregios autores que venera (Apollinaire, Marguerite Duras, William Burroughs…) asomados a un patio de luces en que se gritan sus genialidades, aunque no vengan demasiado a cuento (la genialidad es también gratuita, solo faltaría que tuviese que plegarse a la conveniencia de la circunstancia). Con razón Antonio del Valle, en la entrevista ya citada, hace notar a Medrano su condición frankensteniana, por ser un cuerpo literario hecho de retales de otros cuerpos, cosidos unos a otros sin que importe que los costurones y las suturas se vean, antes bien, exhibiéndolos. El mismo Madrid es un Madrid literario, a pesar de las precisas direcciones que se apuntan en la extravagante guía del ocio que llegan a dibujar en el mapa los tumbos de Margot, Mercedes y Claudia.
Si los personajes de Valle Inclán eran héroes que habían ido a mirarse en los espejos deformantes del Callejón del gato, los de Medrano –que asumen similar vocación esperpéntica—se contemplan en las espejeadas bolas de discoteca de un after-hours, que les devuelve su imagen fragmentada mil veces, empañada por el  humo y el vaho, borrosa por el alcohol.

A la vista de la grandeza trágica de estas heroínas, ningún título más acertado que Tapa el sol con el pulgar, que alude a la desmesura entre las pretensiones irrealizables de Margot, Claudia y Mercedes, tercamente empeñadas en escapar a la realidad que invade sus vidas como la luz del sol, y sus posibilidades de éxito, que naufragan en alcohol, miseria, mugre y disparates. Exquisito y brutal, así es este libro de heroínas empeñadas en tapar el sol con el pulgar a pesar de la disparidad de fuerzas, despeinadas y maltrechas, dignas siempre, pese a ser carne de tragedia y esperpento.
                  

 Carmen Morán Rodríguez

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