Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española

Editorial Espasa Libros

Barcelona 2013 – 520 Pág.

 

Presentado a mediados de diciembre de 2013 en la Real Academia Española, con la participación de José Manuel Blecua, director de la RAE, Salvador Gutiérrez, académico y Ana Rosa Semprún, directora general de Espasa, El buen uso del español es, ante todo, un magnífico  libro de norma lingüística.

Está destinado a la inmensa mayoría, a todos los hablantes que experimentan dudas e incertidumbres ortográficas o gramaticales ante la lengua. Está pensado y organizado para que el acceso a la información sea rápido, el tiempo de consulta sea breve y la explicación resulte intuitiva, clara y suficiente.

El buen uso del español es una nueva muestra de la voluntad de la RAE y de ASALE (Asociación de Academias de la Lengua Española) de acercarse a todos los hispanohablantes para promover un conocimiento más detallado y consciente de la norma.

Con un lenguaje accesible y con una intención divulgativa, esta obra será el precedente de otras publicaciones cercanas, claras y amigables que, a través del papel o de la pequeña pantalla, se hallen cerca del hablante para resolver sus dudas y mejorar su comprensión y su expresión.

Aunque los juicios sobre la norma se asocian a imposiciones y preceptos, las academias adoptan siempre una actitud positiva. Son conscientes de que promover y educar es más efectivo que prescribir y censurar. Dan a conocer a los hablantes las normas que ellos mismos han aprobado en plebiscito cotidiano, porque tienen la seguridad de que «el buen uso del español» favorecerá su desarrollo personal y social, y de que ayudará a la lengua en la ascensión hacia el esplendor que figura en su lema.

Más que palabras por Pedro Álvarez de Miranda

Autor de la reseña: José Antonio Fernández Cuesta

Editorial Galaxia Gutemberg – Barcelona , Mayo 2016, 270 págs.

 

Reúne este libro casi medio centenar de artículos que abordan temas de muy variada índole, pero concernientes todas a la lengua española. Esta colección sobre la vida privada de las palabras salió poco a poco, a lo largo de más de cuatro años, de la pluma de Pedro Álvarez de Miranda, gracias a la feliz concurrencia de diversas musas lingüísticas, unas autóctonas o personales y otras externas, nacidas de experiencias colectivas. Detrás de sus escritos hay indagaciones relativamente laboriosas, pero que el autor desearía, por el tono divulgador que adopta a lo largo de todo el libro, haberlas hecho accesibles y que su lectura resultara amena a quienes las lean.

La lengua, en sus dos dimensiones, actual e histórica, -como dice Manuel Seco en el prólogo- es un inmenso océano abierto para todo el que quiera echar las redes de su investigación. El autor ha desenredado lecturas de dificultosos manuscritos, ha desenmascarado erratas creadoras de bellas mentiras, ha contado fortunas y adversidades de palabras y dichos cotidianos y raros, examina puntos discutidos del habla de nuestro tiempo, la guerra de los toponimios, el uso del infinitivo personal que hace a muchos hablar como los indios en las películas del oeste. Todo ello da a los hablantes lecciones de sensatez en cuestiones tan traídas y llevadas como la norma, lo correcto, los feos neologismos y los atentados contra la pureza del idioma.

Son lecciones que serán muy útiles para quienes desde altos púlpitos ejercen de censores del habla de los demás. Ciertamente es una obra singularísima que, a través de una serie de animados y refrescantes enfoques sobre rincones de la lengua, nos lleva a reflexionar con provecho sobre lo mucho que puede esconderse detrás de cada palabra, de cada frase que sale de nuestros labios o recogen nuestros oídos. Eso significa enriquecer nuestra mente que es lo mejor que se puede pedir a un libro. En conjunto, el trabajo del autor se distingue, sobre todo, por encima de su variedad y amenidad, por su exigente rigor científico. Álvarez de Miranda es catedrático de Lengua Española en la Universidad Autónoma de Madrid, miembro de número de la Real Academia Española y director de la Escuela de Lexicografía Hispánica.

 

Instituto Cervantes- Editorial Espasa Libros

Barcelona 2012 – 568 Pág.

¿Cómo redactar con rigor o escribir para Internet? ¿Cómo hablar bien en público o recordar las nuevas normas de ortografía? Con el objetivo de ayudar al lector a manejarse bien con el idioma, el Instituto Cervantes y la editorial Espasa publican El libro del español correcto. Claves para escribir y hablar bien en español, un volumen que enseña a emplear con rigor y eficacia el español.

A lo largo de 568 páginas, El libro del español correcto, que ha coordinado el profesor de Lengua Española de la Universidad de Alcalá Florentino Paredes García, aporta todo tipo de claves para mejorar la comunicación tanto oral como escrita. Redactada en un estilo ameno y sencillo, la obra incluye múltiples ejemplos que facilitan la comprensión al lector menos especializado, sin alejarse un ápice de la norma académica dictada por la Real Academia de Española.

Algunas características de la obra:

  • Proporciona información útil, rigurosa y de fácil consulta para resolver las dudas más comunes sobre el uso culto del idioma.
  • Es un compendio actualizado de las pautas ortográficas más aconsejables.
  • Recoge recomendaciones prácticas para elaborar textos bien estructurados y eficaces: planificación, diseño de párrafos, revisión y presentación final del texto.
  • Expone las claves para hablar correctamente, con especial cuidado en los errores y vulgarismos en la pronunciación.
  • Desgrana consejos sobre la prosodia y el lenguaje no verbal: tono, volumen, entonación, movimientos, postura corporal, así como estrategias para hablar en público.
  • Describe la norma culta de la lengua española, con ejemplos prácticos que ilustran los usos correctos e incorrectos.

Los autores incluyen un muestrario de textos muy útiles para resolver dudas lingüísticas en numerosos contextos, entre ellos el laboral, los nuevos lenguajes o las redes sociales:

  • Trabajo: Cómo preparar una entrevista de trabajo, elaborar un curriculum vitae, redactar cartas, memorandos, instancias, actas, etc. Se explican con detalle las características formales de cada modelo textual.
  • Lenguajes específicos del siglo XXI: El correo electrónico, los SMS, el chat o el blog son nuevos géneros que modifican la comunicación escrita. Si la lectura en papel difiere de la lectura de textos en la Red, también ha de ser distinta la manera de escribir para Internet, donde se lee de manera mucho más fragmentada: saltamos de un párrafo a otro como si escaneáramos el texto, buscando los datos que nos interesan y abriendo nuevas ventanas. Por ello los textos deben ser más breves y claros, con párrafos cortos, evitando la monotonía e incluyendo material multimedia e hipervínculos.
  • Redes sociales: El libro dedica un apartado específico a Facebook y Twitter, con recomendaciones para comunicarse por este tipo de medios cuyo poder de difusión e inmediatez entrañan determinados riesgos. Aborda, entre otros temas, la publicación de asuntos personales, la delimitación de la privacidad de la cuenta o la proyección de nuestra imagen.

La publicación de El libro del español correcto. Claves para escribir y hablar bien en español, es el resultado de la colaboración que mantienen el Instituto Cervantes y Espasa a favor del buen uso del idioma. La obra viene a completar la serie denominada «Guías prácticas del Instituto Cervantes», que comenzó su andadura en el año 2007 con la publicación de la Gramática práctica del español, continuó en 2009 con la edición de la Ortografía práctica del español y la Guía práctica del español correcto, y concluyó en 2011 con la Guía práctica de escritura y redacción.

EL ESPAÑOL EN EL MUNDO.
ANUARIO DEL INSTITUTO CERVANTES 2016
Resumen de contenidos

Madrid, 13 de diciembre de 2016
El español en el mundo. Anuario del Instituto Cervantes 2016, que hoy presenta la institución, analiza la labor desarrollada por el Cervantes en sus 25 años de existencia, desde su creación en 1991 hasta hoy, con una completa cronología de los hitos más relevantes acompañada por numerosas fotografías. Contiene además datos actualizados sobre el español en el mundo, artículos de destacados expertos y opiniones de personalidades de la cultura española.
El libro, de 540 páginas, recoge las opiniones de Víctor García de la Concha, director del Cervantes desde 2012, y de sus predecesores en la dirección Nicolás Sánchez-Albornoz (1991-1996), el Marqués de Tamarón (1996-1999), Fernando R. Lafuente (1999-2001), César Antonio Molina (2004-2007) y Carmen Caffarel (2007-2012). Todos ellos participan hoy en la presentación del nuevo Anuario en la sede central.
El volumen arranca con la respuesta de doce personalidades de la cultura a una doble pregunta: ¿Qué opinión le merece la labor del Instituto Cervantes en estos 25 años? y ¿cómo ve el papel del Instituto Cervantes en el futuro? Opinan al respecto Teresa Berganza, José Manuel Caballero Bonald, Antonio Gamoneda, Carmen Millán, Soledad Puértolas, Valentí Puig, Sergio Ramírez, Laura Restrepo, Carme Riera, Gregorio Salvador, Rosa Torres-Pardo y Juan Villoro.
Esta edición de la publicación académica de referencia del Instituto incluye también datos actualizados sobre el español en el mundo, desmenuzados en el informe «El español y su expansión como lengua de comunicación internacional desde la creación del Instituto Cervantes», escrito por David Fernández Vítores (Universidad de Alcalá).

Tres artículos detallan la actividad del Instituto Cervantes en otros tantos ámbitos: el académico (enseñanza, promoción e investigación del español como lengua extranjera), el cultural (promoción de la cultura de España y los países hispanohablantes) y la comunicación (con la presencia del Cervantes en Internet y su uso de las tecnologías), coordinados por los directores de las respectivas áreas: Richard Bueno, Beatriz Hernanz y Jacinto Aramendi.
También se aborda el papel de la diplomacia cultural en sendos artículos de Emilio Lamo de Espinosa y Ángel Badillo Matos (Real Instituto Elcano) y de Javier Noya (Universidad Complutense), mientras que la “mirada americana” la aporta Adolfo Elizaincín (Universidad de la República, Uruguay). Por su parte, Álex Grijelmo (Grupo Prisa) desgrana los siete Congresos Internacionales de la Lengua Española celebrados en estos  cinco lustros de trayectoria, desde Zacatecas (México, 1997) hasta San Juan de Puerto Rico (2016).
Tras una cronología de hitos relevantes acompañada de un dosier fotográfico, cierra el Anuario un directorio con la presencia del Cervantes en el mundo, en un total de 87 ciudades de 44 países a través de centros propios, antenas y Aulas Cervantes.
También se resumen “otras formas de presencia” en el mundo: los centros acreditados (un total de 192), los centros de examen DELE (Diploma de Español, en torno al millar), los 165 centros de examen CCSE (Conocimientos Constitucionales y Socioculturales de España) y el universo de internet.
Datos cuantitativos del español
A continuación se resumen algunos datos contenidos en el artículo de David Fernández Vítores:
• Idiomas más estudiados. Después del inglés, el español se disputa con el francés y con el chino mandarín el segundo puesto en la clasificación de idiomas más estudiados como segunda lengua. No existen análisis exhaustivos que comparen el número de estudiantes de las distintas lenguas.

• Las cinco lenguas más habladas. La evolución demográfica del chino, el inglés, el español, el hindi y el árabe entre 1950 y 2050 refleja un descenso en la proporción de hablantes nativos de chino e inglés. Por el contrario, el español y el hindi registran un aumento moderado pero continuo de hablantes. El árabe presenta un mayor crecimiento relativo pese un nivel menor de uso.

 

• Crecimiento previsto del español. La comunidad hispanohablante seguirá creciendo para situarse en el año 2050 en los 754 millones de personas, con distinto grado de dominio de la lengua.

• El 7,8% de la población. Hoy habla español el 7,8% de la población mundial. Las proyecciones indican que el peso de la comunidad hispanohablante en 2050 permanecerá inalterado.

• Estados Unidos. En 2060 será el segundo país hispanohablante del mundo después de México. Según prevé la Oficina del Censo, los hispanos serán 119 millones en 2060. Es decir, más del 28% de la población estadounidense será hispana, casi uno de cada tres residentes.

• 21 millones de estudiantes de español. El número de estudiantes de español como lengua extranjera en todo el planeta no ha dejado de crecer desde la creación del Instituto Cervantes. Más de 21 millones de alumnos estudian actualmente este idioma como lengua extranjera.

• Acción del Instituto. Resulta difícil valorar cómo influye el Cervantes sobre el aumento de estudiantes de español registrado en estos 25 años. Pero es evidente que la implantación de una sede o un Aula Cervantes en cualquier país genera sinergias positivas para la difusión de la lengua y la cultura hispanas.

• Unificar la evaluación. Destaca el valor de instrumentos creados recientemente por el Instituto Cervantes como el Servicio Internacional de Evaluación de la Lengua Española (SIELE), un sistema de certificación que determina por medios electrónicos los conocimientos de español para nativos y no nativos. El SIELE confirma la vocación iberoamericana del Instituto y consolida aún más los criterios universales a la hora de evaluar el nivel de español de cualquier persona, independientemente de su lugar de residencia o su origen etnolingüístico.

• DELE y matrículas de español. El número de inscripciones para obtener el Diploma de Español (DELE) se ha multiplicado por nueve desde la apertura del Instituto Cervantes. Y el número total de matrículas de los centros del Instituto Cervantes se ha multiplicado por doce.

• Factores en el auge del español. El aumento de hablantes no se basará solo en el crecimiento demográfico de los países que tienen el español como lengua oficial. Influyen positivamente en el auge del español otros factores, como el despegue económico de países hispanoamericanos y al aumento del comercio bilateral dentro y fuera de esta comunidad.

• Activo económico y herramienta útil. Crece el peso del español como lengua internacional: ya no es visto únicamente como una vía de acceso a una cultura de primer orden, sino también como un activo económico en toda regla y como una herramienta muy útil en los terrenos comercial y diplomático.

• Papel del Instituto Cervantes. La institución ha sido un agente fundamental en este cambio de percepción con respecto al español. Ha propiciado una imagen de prestigio y utilidad de nuestra lengua que era prácticamente inexistente antes de la creación del organismo en 1991.

FICHA TÉCNICA
Título original: 3 BODAS DE MÁS
Dirección: Javier Ruiz Caldera
Guión: Pablo Alén & Breixo Corral
Reparto: Inma Cuesta, Martín Rivas, Quim Gutiérrez, Maria Botto, Rossy de Palma.
Fecha de estreno: 05/12/13
Duración: 100 minutos
Género: Comedia romántica
Perfil oficial: https://www.facebook.com/3BodasDeMas?fref=ts

La llegada de "3 bodas de más" a las salas sirve para calibrar el estado de salud de la comedia española, un género abierto a infinitas influencias y mutaciones. El film de Ruiz Caldera, más que cualquier otro título de reciente factura, se presenta como un compendio de diferentes capas tragicómicas y dispares formas de proceder a lo que humor se refiere: la ironía fina convive con la escatología pura y dura, el clásico monólogo se alía con el sketch televisivo y la elegancia romántica de los referentes norteamericanos (de Capra a Wilder) se da la mano con la última comedia gamberra yanqui (del popular Apatow al aplaudido Payne), formando, en conjunto, un variado escaparate de los múltiples mecanismos de la risa. 3 bodas de más, en definitiva, funciona por acumulación de estrategias, como muestrario de una comedia española en plena efervescencia y evolución, tanto por imposición de los recortes presupuestarios como por las nuevas posibilidades, artistas y audiencias surgidas de la esfera televisiva.
El caso de Javier Ruiz Caldera, con todo, no debe interpretarse como un hecho aislado, aunque la irrupción de 3 bodas de más en la última cosecha de nuestro cine haya servido para elevar el entusiasmo de determinado sector crítico. Caldera, al igual que Cobeaga, Sánchez Arévalo, Vigalondo o Velilla, se crió con la explosión pop del cine norteamericano de los 80, vivió muy de cerca el boom del cine de género español de los 90, y ahora como creador está tan vinculado a los referentes patrios – principalmente a las estructuras corales de Berlanga, a la irreverencia De la Iglesia y a la comedia madrileña, ya caduca, de Trueba, Pereira o Colomo – como a las reglas de la sitcom, el cortometraje amateur o el spot televisivo, formatos más apegados al impacto de una premisa o sorpresa argumental que al verdadero desarrollo de una narración. Todo ello ya podía rastrearse en los anteriores trabajos de Ruiz Caldera: Spanish Movie (2009), sana parodia de los títulos de referencia del cine español más cacareado de la década mediante la fórmula  “Scary Movie”, y Promoción fantasma (2012), una invitación al espíritu juvenil y a la estética ochentera, proponían una comedia fresca, de clara herencia yanqui, capaz de abrir los horizontes del humor ibérico. 3 bodas de más, con estas señas, es claramente una nueva cima conquistada, un paso adelante que busca aglutinar en poco más de hora y media todas estas constantes generacionales.
Ruiz Caldera toma a Inma Cuesta, actriz de probada solvencia dramática, como estrella gafada de una comedia nupcial que se desborda por todos sus costados. Si en Cuatro bodas y un funeral (Mike Newell, 1994) las ceremonias servían de marco para desarrollar una trama, el cineasta barcelonés se sitúa en lugares estratégicos de la costa catalana como Sitges, Castelldefels y L’Hospitalet de Llobregat para dar entidad a una historia de vocación itinerante: con la ayuda de su becario – reminiscencia de la crisis actual –, Ruth, una bióloga bastante torpe en la esfera personal pero absolutamente ambiciosa y brillante en sus investigaciones profesionales, asiste al enlace de sus tres ex novios a medio camino entre el estupor y la resignación de quien se siente totalmente fuera de lugar, incomprendida por padres, compañeras de trabajo y amistades en general. El film es la historia de una debacle contada en tres actos, cada uno con su propia estética y ética – la “boda surfera”, la “boda de pueblo” y la “boda pija”, con el perfil de atuendos, invitados y sentidos del humor asociados a cada etiqueta –, y a la vez un producto sólido que encuentra su cohesión en un engranaje transversal a todas sus paradas, base del conflicto principal de la película – el becario va enamorándose de su zarrapastrosa jefa, mientras que Ruth siente algo más que atracción por un cirujano que aparece de forma recurrente en cada sarao –.
Las peculiaridades formales y geográficas del film se resuelven con inagotables situaciones cómicas, gags de diferente duración y momentos de tonos de diferente calado, por momentos irreconciliables o antagónicos. En el perfil de Ruth anida la esencia de El diario de Bridget Jones (Sharon Maguire, 2001), y con ella el espíritu de determinado cine británico, así como la vocación comercial de la nueva comedia norteamericana encabezada por un carácter femenino asentado en lo incorrecto, con Tina Fey, Sandra Bullock o Melissa McCarthy como grandes divas de la escena. También es visible la herencia del cine norteamericano más ingenuo y pastelón o el poso de obras más deslenguadas como De boda en boda (David Dobkin, 2005) o La boda de mi mejor amiga (Paul Feig, 2011). La presencia de Rossy de Palma en un personaje satélite tan gracioso como prescindible sirve para evocar al universo Almodóvar, tal y como sucedía en los primeros trabajos de Albadalejo y del dúo Ayaso-Sabroso, mientras que sus citas rurales entroncan con un costumbrismo más austero claramente “chanante”, influencia, seguramente, de las mejores obras de Cuerda. Y así hasta completar un menú con humoristas invitados – ahí están las apariciones estelares de rostros populares como los de Silvia Abril, Paco León o Berto Romero –, juegos lingüísticos que van del Farrelly más burdo al Allen más elaborado, mamporros del cómic de la vieja escuela y una curiosa voluntad por aunar la añejo con lo moderno: las propiedades narrativas del montaje y la dirección de fotografía o el notable poder descriptivo de la música, con canciones tan diferentes de inclusión nada gratuita como Carrie de Europe o la eurovisiva Save your kisses from me, son una prueba de las voluntades experimentales, tanto rupturistas como conservadoras, de la obra de Ruiz Caldera, y en general de toda la remesa cómica de los últimos hallazgos de nuestro cine.
3 bodas de más, en definitiva, cumple con creces las funciones de entretenimiento navideño tanto para el público de a pie como para la crítica más sibarita. Pese a todo, la heterogeneidad de la propuesta es tanto un elemento definitorio como un factor que desluce gran parte de la función: no todos los personajes ni todas las escenas se resuelven con la misma eficacia, por lo que el film corre el riesgo de gustar medianamente a todos sin ser pasto ni de odios furibundos ni de defensas encendidas. 3 bodas de más sorprende, pero su sorpresa radica en apabullar a la platea, por lo que en ocasiones se echa de menos una mayor concreción y concisión. Por el momento, 3 bodas de más dibuja el complejo horizonte de la comedia española del siglo XXI, y aunque no genera consenso sí abre nuevas puertas y ventanas a un género que desde Días de fútbol (David Serrano, 2003) o El otro lado de la cama (Emilio Martínez-Lázaro, 2002) no conoce éxitos incontestables. 3 bodas de más no es la comedia del año, tampoco La gran familia española de Daniel Sánchez Arévalo, pero ambas son interesantes cajones de sastre cargados de esperanza, dominio técnico, guiones originales, nuevos rostros llenos de comicidad y cinefilia bien digerida: la materia prima, en definitiva, de un cine local que no siempre consigue despegarse de la enraizada idea popular, cliché con entidad de infamia, de la comedia ibérica del “caca-culo-pedo-pis”.
 

Cocodrilos en el diccionario
(Hacia dónde camina el español)
Autores: Julio Borrego Nieto (director) Lorena Domínguez García, Rebeca Delgado Fernández, Álvaro Recio Diego y Carmela Tomé Cornejo.
Instituto Cervantes – Editorial Espasa
Madrid – 2016 – 431 pág.- 20,90 euros

Las lenguas cambian, pero lo hacen de forma tan lenta e imperceptible que solo con el paso de muchos años, comparando los textos, nos damos cuenta. Pero hay aspectos superficiales de la lengua, fundamentalmente el vocabulario, el estilo de escritura, los latiguillos conversacionales, que están sujetos a las modas, como lo está cualquier fenómeno que tenga carácter social. Esto hace que cada momento tenga sus marcas propias que le dan personalidad y que se pueden describir. Algunas de esas marcas se consolidan y siguen empleándose; otras tienen una vida efímera y desaparecen.

En la lengua ocurre que no siempre lo que se impone como “correcto” es lo más coherente desde el punto de vista de la lógica interna. Si este fuera siempre el criterio, cocodrilo no debería estar en el diccionario, puesto que su etimología es CROCODILUM, con la r en otra posición. Pero alguien la cambió –probablemente de manera involuntaria- en un determinado momento, el cambio hizo fortuna entre los hablantes prestigiosos y acabó por convertirse en el uso general. Por eso hay cocodrilos en el diccionario, pero no cocretas. Ya también hay murciélagos cuando debería haber muciégalos. Los errores del pasado son la norma del presente.

En este libro trataremos de espigar, lo mejor que sepamos, algunas de esas marcas que caracterizan el español al comienzo de este nuevo siglo XXI. Muchas de ellas afectan al vocabulario, a la acuñación de nuevas palabras autóctonas o prestadas, a la forma de construir los textos y las conversaciones, a las metáforas con que conceptualizamos aquí y ahora nuestro pensamiento y que, de alguna manera, nos definen. Son las más visibles y las que mejor caracterizan la época. Otras, fundamentalmente las de tipo gramatical y también las de tipo fonético, se perciben peor y discurren soterradas a lo largo de los años compitiendo con otras variantes sin que los hablantes se decidan de manera unánime por una de ellas.

Así pues, dos tipos de rasgos: los léxicos y discursivos por un lado y los fonéticos y gramaticales por otro.

En definitiva, lo que en general hacemos en este libro con la pronunciación y con la gramática es lo siguiente: mostramos las variantes en litigio, señalamos cuáles han sido las preferidas hasta ahora por las autoridades normativas, intentamos ver la lógica interna de las menos favorecidas y cuál es, en este momento, su pujanza, reflejada en el número y tipo de hablantes que las usan (cuando tenemos datos), en los juicios que se emiten sobre ellas y, sobre todo, en la evolución de las opiniones que manifiestan las Academias y otros agentes responsables de la norma. Y, cuando es posible, hacemos un pronóstico sobre el previsible desenlace, siempre desde la idea, arriba expuesta, de que lo «correcto» es un juicio social y, por tanto, cambiante.

José Antonio FERNÁNDEZ CUESTA

 

Es un decir, de Jenn Díaz (Barcelona, Lumen, 2014)

“El nombre de la joven barcelonesa Jenn Díaz empieza a sonar en los corrillos literarios”, leí en un blog. “La niña prodigio que ha publicado cuatro novelas y solo tiene 26 años”, escribe un crítico. “Sus lecturas son Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Natalia Ginzburg…”, rescaté de una entrevista. Aunque Jenn Díaz, al hablar de la génesis de su novela, reconoce que ha tenido más peso lo que ha leído que lo que ha oído de la guerra civil y del franquismo, al tomar el libro quise renunciar a “la angustia de las influencias”, a todo ruido de fondo que me impidiera escuchar con nitidez las voces de sus protagonistas. Escribo “las voces” porque toda la obra, de principio a fin, es un decir que te conduce a un pueblo, a una casa, a una familia de la posguerra. Debe reconocerse, en primer lugar, que el tiempo y el espacio podrían ser otros, y la historia mantendría su peso, su misterio y su fuerza.

El primer párrafo me descubrió a Mariela en su refugio íntimo de palabras como clavos, más crudas que inocentes:

 “El día que cumplí once años mataron a mi padre. Recuerdo que era viernes porque de haber sido otro día, a la mañana siguiente no habría ido al colegio y nadie habría rechistado. Lo sé porque a una niña de mi clase, a la que se le murió la madre, le perdonaron la falta. Pero mi padre murió un viernes, y como al día siguiente era sábado  no íbamos a la escuela” (p. 11).

Al soplar las velas de su tarta, Mariela oye de fondo un disparo que le abre, de golpe, las puertas al mundo “estúpidamente adulto” en el que no cesará de escarbar, curiosa, perspicaz y callada. El silencio impide y enturbia la relación con su madre (“Lo nuestro estaba hecho de silencios, y con eso cuesta negociar”, p. 129), y pegar la hebra es lo que la une al mismo tiempo a su abuela (“Hablábamos, y mi madre daba golpes en la pared por la noche para que nos calláramos […] Ë—Ni caso. Anda, no te calles ahora”, p. 27). Mariela no pregunta nunca, pero escucha, observa, piensa, y quiere llegar a saber por ella misma qué sucedió con su padre, del que solo ha logrado entender que era algo así como un rojo de mierda.

Sin descripciones –no hay apenas paisaje ni adjetivos- la voz narrativa te introduce en un ambiente opresivo e hipócrita (“no hay quien calle en un pueblo”, p. 109), habitado por vecinas que, con insana satisfacción, compadecen  a la pobre niña vieja, que carga con un fardo: una vida corta y flaca. Son las mismas que en el velatorio “no se olvidaban de decirme que tenía que comer, porque la gente si no se mete en tus problemas no está tranquila”, y que acuden a un funeral vestidas y perfumadas como para un baile, y no pueden evitar sonreírse “cuando yo, la huérfana, no las miraba”.

Un tono sombrío e irónico se cierne sobre la precoz madurez de Mariela, una niña un poco bruta, que no llega a convertirse exactamente en  “una señorita”, como de ella se espera. La crítica a los estereotipos femeninos de la época están impresos en el pensar en voz alta de Mariela, que, cuando quiere jugar a ser como todas, se inventa a “un hombre casado que me prometiera cosas que después no pensaba cumplir, que era lo que siempre se oía por ahí”, o se plantea que lo mejor es “tener hijos ilegítimos o no, y después pasar el resto de tu vida quejándote por lo que sea”. Es entonces cuando toma excéntricas decisiones como echarse un novio bueno y huérfano de madre. Pero al final se cansa “de tanta bondad, porque la gente buena casi siempre cansa, qué pena, y las mujeres, qué pena, y la pena siempre acechando” (p. 48).

La novela entrelaza la historia de tres mujeres de tres generaciones –abuela, madre, nieta- en una sola casa y en una familia llena de secretos: un áspero trozo de tela hecho jirones que Mariela se propone coser sin ayuda de nadie. En ese microcosmos se van adivinando y perfilando sórdidas tramas, que, de tan domésticas, llegan a ser universales. Con retrocesos, pausas y avances, la historia fluye asombrosamente gracias a la frescura de la oralidad, uno de los méritos más notables de esta obra. El lector entra en una colmena en la que caben los lazos de sangre,  las apariencias y los bastardos, las muertes extrañas, la guerra y los rencores, las calladas desapariciones, los maridos ausentes y los novios sinvergüenzas. El lector se pregunta por qué una mujer pela cebollas al quedarse viuda para que se la vea llorando desde la ventana, o por qué a las estériles se las llamaba mujeres secas y desdichadas (p. 141).

El largo monólogo de la abuela, concentrado en un brillante e intenso capítulo, nos permite adentrarnos en esa otra generación en la que las mujeres han aguantado todo de los hombres, y han aprendido a sobrevivir con el disimulo y las mentiras a cuestas. En ese clima claustrofóbico brilla la sola esperanza de Mariela, símbolo de un nuevo modelo de mujer: “esa pequeña, en menuda mujer se va a convertir, en una señorona, ésta no va a ser ni como yo ni como su madre, de eso ni hablar; ésta es diferente” (p. 78).

La retahíla de palabras que se sueltan de pronto, en el momento más inesperado, constituyen la única liberación de una anciana que no ha osado jamás confesar(se) la verdad de su vida, tan llena de desperfectos como los hombres que se cruzaron con ella. Solo se atreve ante una desconocida enferma, a la que convierte en su tabla de salvación: “ahora a ti, que no me oyes, ahora a ti te lo cuento todo…” (p. 83).  Sin visos de compasión pero tampoco de rencor, hilvana sus confidencias ante una moribunda, que no le va a contestar nunca, pero al menos ni la interrumpirá, ni la silenciará, ni se levantará para marcharse: “Te hablo mucho, te hablo, como a las flores, como a mis gallinas, como a la tierra, te hablo para darte vida”, “te voy a hablar todo el tiempo, no te preocupes, yo también estoy necesitada de que alguien me escuche, así que somos tal para cual” (p. 85)

Y, en este viaje de liberación hacia la madurez, los misterios van desvelándonos otra realidad; aunque, como reconoce Mariela, lo más sencillo hubiera sido “obviar que había secretos que debían guardarse incluso sin tenerlos y convivir con ellos sin ningún problema” (p. 37). Nos sobrecogemos cuando se desenreda la maraña y entendemos qué hacía aquella niña incomodísima que sigue a Mariela hasta su casa, o descubrimos el significado de la fotografía de una mujer anónima escondida en el doble fondo de un cajón, y la inesperada despedida de la abuela unida a la llegada de un hombre extraño en plena noche.

En definitiva, es un decir que la pérdida de la inocencia, la soledad y la entrada en la madurez unida a la muerte transita cerca de las veredas de Matute; o que Natalia Ginzburg se asoma en su prosa desnuda, descarnada e íntima, con su atención a lo cotidiano y su interés por la relación entre generaciones; y que el cuidado ejercicio de estilo construido a través de la oralidad, aparentemente sencilla y espontánea, nos evoca las maravillosas retahílas de Carmen Martín Gaite: las retahílas que han encontrado a una original y luminosa interlocutora llamada Jenn Díaz.  

Inmaculada Rodríguez-Moranta

Universitat Rovira y Virgili

UNA MADRE, DE ALEJANDRO PALOMAS (Siruela, 2014)

Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) es el autor de las novelas El tiempo del corazón (Nuevo Talento FNAC), El secreto de los Hoffman (finalista del Premio Novela Ciudad de Torrevieja 2008), El alma del mundo (finalista Premio Primavera 2011), El tiempo que nos une, Agua cerrada, y de dos poemarios. Pero ésta es la obra con la que parece haber disfrutado más, no solo durante su proceso de escritura, sino también por la calurosa acogida que está recibiendo (echen un vistazo a su perfil en Facebook o a las entusiastas reseñas de libreros y lectores que pueden rastrearse por la red y en la prensa). En efecto, el novelista ha creado un universo propio donde se entremezclan maravillosamente la comedia y el drama. Su manejo del tempo, sus diálogos ágiles, hilarantes y conmovedores, y su nítida escenografía pide a gritos que la obra sea llevada al cine. Pero el motivo del gran éxito ha sido, tal vez, la hospitalidad de la voz narradora. Extrañamente, todos los que hemos leído Una madre nos hemos sentido invitados a esa cena de Nochevieja. A todos nos parece conocer a Amalia, a Silvia, a Fer, a Emma, a Olga y a tío Eduardo desde hace mucho tiempo, tal vez porque contienen fragmentos de cada uno de nosotros. 

 En portada, la imagen de una mujer en blanco y negro cuyo rostro queda oculto y prolongado por un revoltijo de vistosas flores. Una estampa explosiva y surrealista que despertó al escritor de un sueño, y cuya búsqueda inició hasta que dio con esa ilustración. No así con la protagonista de la obra, Amalia, que vino hasta él un día de otoño, mientras merendaba con su madre, y entre risas, un golpe le dejó pegado a la silla. En ese instante, Alejandro Palomas pensó que tenía que escribirla “no a ella exactamente, sino el color de nuestra relación, el tono- para que cuando ella ya no esté yo pueda volver a esta novela y tenerla siempre conmigo”, explica en una entrevista para Granite&Rainbow. Una madre consigue fijar el color y el tono de la relación de una madre, tres hijos, una nuera, un yerno, un tío, y hasta de una Barcelona que puede resumirse en una plaza que amanece en violeta. Pero también fija el color y el tono de la soledad y del arrojo de cada ser humano que intenta mantener el equilibrio en la arista de la vida.

Se acerca la medianoche y una bomba de relojería está a punto de estallar. Todo está dispuesto. Amalia está preparada, como Mrs. Dalloway de Virginia Woolf, a quien Palomas rinde homenaje en su primera frase: “Mamá había dicho que ella misma compraría las flores”.  Como en una buena obra de teatro, la escenografía está cuidada al más mínimo detalle para que la protagonista, esa madre de todos, inste al narrador –el hijo, Fer- a desplegar la mejor y la peor versión –la cara A y la cara B- de cada uno de ellos. Empieza el tintineo de copas y cubiertos, el ruido, los silencios, los huecos como bosques alemanes, los carraspeos de tensión, la carcajada irónica, un Whatssapp inesperado, los bocinazos desde la calle, la botella de Coca-Cola cayendo sobre una bandeja de canapés y el reguero de vino sobre la alfombra. Pero “el surrealismo casero de mamá” sobrevuela mágicamente el comedor con su humor inconsciente y desternillante. Parece que va a ocurrir un asesinato, como en el film 8 femmes (2002), de François Oçon, que también se sitúa, por cierto, en los preparativos de Navidad, y desenreda una maraña de traiciones y secretos. Pero aquí no hay asesinato, y por ello la intensidad que consigue la novela es, quizás, más meritoria.

El léxico familiar distribuye la obra en cuatro partes: “Algunas luces y muchas sombras”, “¿Cuánto tiempo piensas seguir en el faro?”, “Este barco que a todos nos lleva”, “Los amaneceres violetas”. Son frases que pertenecen a la vida en común, y también a las distancias, de una familia imperfecta –como todas- que, tras varios intentos, ha conseguido reunirse para cenar y celebrar juntos la Nochevieja de 2013:

“Sí, dejando a Olga a un lado, seguimos siendo cinco. Dos generaciones de hermanos: la de mamá –tío Eduardo y ella- y la mía –Silvia, Emma y yo-, como dos raíles en paralelo cruzando el tiempo, separados por esta mesa, los platos, las copas y las interpretaciones múltiples en común.

Sin papá. Sin los abuelos.

Ellos muertos. Él ido. Ausentes todos.” (p. 17)

 

Amalia es una mujer de 65 años, que cuida de los suyos, sin condenarles porque escondan “vidas ni tan azucaradas ni tan rosas como ella quisiera” (p. 56). Es una mujer que confía en las segundas oportunidades, aun a riesgo de equivocarse en sus decisiones, y que ha renacido –o ha recuperado versiones suyas aparcadas- desde que se ha liberado de la mirada vigilante de su marido. Lejos de vivir un duelo largo y penoso, “la incontinencia le llegó con el divorcio” (p. 119). Puede ser la crédula amiga de la maestra de reiki, Ingrid, y participar de sus chifladuras,;puede ser una “niña despistada que se maneja por la vida como una niña en una montaña rusa, encantada con la aventura que el destino le ha ofrecido justo ahora”; pero también puede asomarse la otra, la que guarda los “retazos de mujer adulta que suelta verdades como Emma suelta sus bombas, horadando lo que le rodea” (p. 116). Es también la madre que todos tenemos, la que “cuando oye sonar un teléfono se le erizan las orejas como un podenco y deja lo que tenga entre manos para contestar”, aunque eso suponga que un iPad salga volando mientras “ella corre hacia la encimera de la cocina gritando ‘¡Voy, voy!’, hasta abalanzarse sobre su móvil”. Es la madre que hace reír y enfadar por igual a sus hijos, desde su particular cosmos de conexiones y desconexiones que le lleva a concluir que si una cantante es reivindicativa es que “es muy pobre”, que los andorranos conducen tan mal “porque como todos son contrabandistas de ron y de Marlboro light, pues huyen” (p. 140), o a asegurar que “el cubismo se inventó en Cuba” (p. 215). Es especialista en desviar conversaciones cuando no le interesan, y, sobre todo, no quiere conflictos.

Amalia tiene fotofobia, necesita poca luz si quiere ver bien, y quizás por eso, porque “aprendió a ver y a actuar en la sombra” (p. 161) es la única que consigue salvar de una peligrosa penumbra a su hija Emma, cuando se balanceaba furiosamente sobre una silla –sobre su vida- mordisqueando una madalena y dando sorbos a una botella de agua con gas, a las cinco de la tarde, en su espera eterna en el bar de la Gran Vía. Es la única capaz, no solo de restar dramatismo al fracaso de la metódica Silvia, sino de acogerla en su espacio luminoso y de devolverle esa sonrisa tierna que todos creían muerta, muerta como los ojos de bacalao de su marido noruego: “Es que siempre estás de viaje, hija. Hasta cuando no viajas […] Siempre te estás yendo”. Es la única que sabe que su huraño hijo no puede renunciar a su abrigo, y por eso teje día tras día, una manta –que todos consideran absurda-  para que cuando ella falte y se la eche encima, sea como si le diera todos esos abrazos que necesita y que nunca se deja dar.

“No sé por qué nos cuesta tanto decir las cosas en esta familia […] Con la de cosas que nos pasan, no?” (p. 232), sentencia Amalia casi al amanecer, cuando el narrador, atisba, después de esa larga e intensa noche, “una luz, en alguna parte de la madrugada”. Se adivina, al fin, un amanecer violeta, que sugiere la posibilidad de cambio y de calma. Es el momento de poner la Silla de las Ausencias en su lugar y de abandonar el faro porque “No se puede encontrar paz evitando la vida, Leonard”.

Inmaculada Rodríguez-Moranta

Universidad Rovira i Virgili