UNA MADRE, DE ALEJANDRO PALOMAS

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UNA MADRE, DE ALEJANDRO PALOMAS (Siruela, 2014)

Alejandro Palomas (Barcelona, 1967) es el autor de las novelas El tiempo del corazón (Nuevo Talento FNAC), El secreto de los Hoffman (finalista del Premio Novela Ciudad de Torrevieja 2008), El alma del mundo (finalista Premio Primavera 2011), El tiempo que nos une, Agua cerrada, y de dos poemarios. Pero ésta es la obra con la que parece haber disfrutado más, no solo durante su proceso de escritura, sino también por la calurosa acogida que está recibiendo (echen un vistazo a su perfil en Facebook o a las entusiastas reseñas de libreros y lectores que pueden rastrearse por la red y en la prensa). En efecto, el novelista ha creado un universo propio donde se entremezclan maravillosamente la comedia y el drama. Su manejo del tempo, sus diálogos ágiles, hilarantes y conmovedores, y su nítida escenografía pide a gritos que la obra sea llevada al cine. Pero el motivo del gran éxito ha sido, tal vez, la hospitalidad de la voz narradora. Extrañamente, todos los que hemos leído Una madre nos hemos sentido invitados a esa cena de Nochevieja. A todos nos parece conocer a Amalia, a Silvia, a Fer, a Emma, a Olga y a tío Eduardo desde hace mucho tiempo, tal vez porque contienen fragmentos de cada uno de nosotros. 

 En portada, la imagen de una mujer en blanco y negro cuyo rostro queda oculto y prolongado por un revoltijo de vistosas flores. Una estampa explosiva y surrealista que despertó al escritor de un sueño, y cuya búsqueda inició hasta que dio con esa ilustración. No así con la protagonista de la obra, Amalia, que vino hasta él un día de otoño, mientras merendaba con su madre, y entre risas, un golpe le dejó pegado a la silla. En ese instante, Alejandro Palomas pensó que tenía que escribirla “no a ella exactamente, sino el color de nuestra relación, el tono- para que cuando ella ya no esté yo pueda volver a esta novela y tenerla siempre conmigo”, explica en una entrevista para Granite&Rainbow. Una madre consigue fijar el color y el tono de la relación de una madre, tres hijos, una nuera, un yerno, un tío, y hasta de una Barcelona que puede resumirse en una plaza que amanece en violeta. Pero también fija el color y el tono de la soledad y del arrojo de cada ser humano que intenta mantener el equilibrio en la arista de la vida.

Se acerca la medianoche y una bomba de relojería está a punto de estallar. Todo está dispuesto. Amalia está preparada, como Mrs. Dalloway de Virginia Woolf, a quien Palomas rinde homenaje en su primera frase: “Mamá había dicho que ella misma compraría las flores”.  Como en una buena obra de teatro, la escenografía está cuidada al más mínimo detalle para que la protagonista, esa madre de todos, inste al narrador –el hijo, Fer- a desplegar la mejor y la peor versión –la cara A y la cara B- de cada uno de ellos. Empieza el tintineo de copas y cubiertos, el ruido, los silencios, los huecos como bosques alemanes, los carraspeos de tensión, la carcajada irónica, un Whatssapp inesperado, los bocinazos desde la calle, la botella de Coca-Cola cayendo sobre una bandeja de canapés y el reguero de vino sobre la alfombra. Pero “el surrealismo casero de mamá” sobrevuela mágicamente el comedor con su humor inconsciente y desternillante. Parece que va a ocurrir un asesinato, como en el film 8 femmes (2002), de François Oçon, que también se sitúa, por cierto, en los preparativos de Navidad, y desenreda una maraña de traiciones y secretos. Pero aquí no hay asesinato, y por ello la intensidad que consigue la novela es, quizás, más meritoria.

El léxico familiar distribuye la obra en cuatro partes: “Algunas luces y muchas sombras”, “¿Cuánto tiempo piensas seguir en el faro?”, “Este barco que a todos nos lleva”, “Los amaneceres violetas”. Son frases que pertenecen a la vida en común, y también a las distancias, de una familia imperfecta –como todas- que, tras varios intentos, ha conseguido reunirse para cenar y celebrar juntos la Nochevieja de 2013:

“Sí, dejando a Olga a un lado, seguimos siendo cinco. Dos generaciones de hermanos: la de mamá –tío Eduardo y ella- y la mía –Silvia, Emma y yo-, como dos raíles en paralelo cruzando el tiempo, separados por esta mesa, los platos, las copas y las interpretaciones múltiples en común.

Sin papá. Sin los abuelos.

Ellos muertos. Él ido. Ausentes todos.” (p. 17)

 

Amalia es una mujer de 65 años, que cuida de los suyos, sin condenarles porque escondan “vidas ni tan azucaradas ni tan rosas como ella quisiera” (p. 56). Es una mujer que confía en las segundas oportunidades, aun a riesgo de equivocarse en sus decisiones, y que ha renacido –o ha recuperado versiones suyas aparcadas- desde que se ha liberado de la mirada vigilante de su marido. Lejos de vivir un duelo largo y penoso, “la incontinencia le llegó con el divorcio” (p. 119). Puede ser la crédula amiga de la maestra de reiki, Ingrid, y participar de sus chifladuras,;puede ser una “niña despistada que se maneja por la vida como una niña en una montaña rusa, encantada con la aventura que el destino le ha ofrecido justo ahora”; pero también puede asomarse la otra, la que guarda los “retazos de mujer adulta que suelta verdades como Emma suelta sus bombas, horadando lo que le rodea” (p. 116). Es también la madre que todos tenemos, la que “cuando oye sonar un teléfono se le erizan las orejas como un podenco y deja lo que tenga entre manos para contestar”, aunque eso suponga que un iPad salga volando mientras “ella corre hacia la encimera de la cocina gritando ‘¡Voy, voy!’, hasta abalanzarse sobre su móvil”. Es la madre que hace reír y enfadar por igual a sus hijos, desde su particular cosmos de conexiones y desconexiones que le lleva a concluir que si una cantante es reivindicativa es que “es muy pobre”, que los andorranos conducen tan mal “porque como todos son contrabandistas de ron y de Marlboro light, pues huyen” (p. 140), o a asegurar que “el cubismo se inventó en Cuba” (p. 215). Es especialista en desviar conversaciones cuando no le interesan, y, sobre todo, no quiere conflictos.

Amalia tiene fotofobia, necesita poca luz si quiere ver bien, y quizás por eso, porque “aprendió a ver y a actuar en la sombra” (p. 161) es la única que consigue salvar de una peligrosa penumbra a su hija Emma, cuando se balanceaba furiosamente sobre una silla –sobre su vida- mordisqueando una madalena y dando sorbos a una botella de agua con gas, a las cinco de la tarde, en su espera eterna en el bar de la Gran Vía. Es la única capaz, no solo de restar dramatismo al fracaso de la metódica Silvia, sino de acogerla en su espacio luminoso y de devolverle esa sonrisa tierna que todos creían muerta, muerta como los ojos de bacalao de su marido noruego: “Es que siempre estás de viaje, hija. Hasta cuando no viajas […] Siempre te estás yendo”. Es la única que sabe que su huraño hijo no puede renunciar a su abrigo, y por eso teje día tras día, una manta –que todos consideran absurda-  para que cuando ella falte y se la eche encima, sea como si le diera todos esos abrazos que necesita y que nunca se deja dar.

“No sé por qué nos cuesta tanto decir las cosas en esta familia […] Con la de cosas que nos pasan, no?” (p. 232), sentencia Amalia casi al amanecer, cuando el narrador, atisba, después de esa larga e intensa noche, “una luz, en alguna parte de la madrugada”. Se adivina, al fin, un amanecer violeta, que sugiere la posibilidad de cambio y de calma. Es el momento de poner la Silla de las Ausencias en su lugar y de abandonar el faro porque “No se puede encontrar paz evitando la vida, Leonard”.

Inmaculada Rodríguez-Moranta

Universidad Rovira i Virgili

Ángeles arcabuceros, de Alice Velázquez-Bellot

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En el segundo relato de este libro, se nos cuenta que Diego, el protagonista de “El último jardinero”, después de contemplar una escena sorprendente a la que no logra dar explicación racional, “se esforzaba en alejar la tentación de confundir realidad e imaginación”. Yo no sé si Alice Velázquez-Bellot se ha planteado alguna vez al escribir sus relatos cuál había de ser la proporción adecuada entre estos dos ingredientes constitutivos del género cuento. Me atrevería a decir que no; que el perfecto equilibrio logrado entre ellos en este libro se debe a una fuerza del subconsciente de la escritora. Pero es obvio que esa armonía existe y que es uno de los principales valores de Ángeles arcabuceros.

El otro gran valor de este libro es su coherencia interna: aunque cada relato es independiente, de la lectura global del libro se desprende una concepción vital y estética que da unidad al conjunto. Sin caer en la moralina, la escritora consigue trasmitir al lector un mensaje que, aunque subliminar, provoca una cierta inquietud y deja un mal sabor de boca, como si hubiéramos bebido “Tierra Santa”. No obstante, ese mal sabor de boca aparece contrarrestado por el placer de la lectura que producen unos textos de una expresión muy rica, ágil y sugerente. Al final, estos relatos dejan también -como los gránulos de la “Tierra Santa”-, un poso indeleble en nuestras conciencias.

Vayamos por partes. Al abordar esa relación de fuerzas entre realidad e imaginación, podría parecer en una primera lectura que en estos relatos la balanza se inclina del lado de la imaginación, puesto que la mayoría de los ellos tiene un componente fantástico. Pero, si se analizan con más detalle, se ve que el componente imaginativo no oculta una realidad perfectamente dibujada: la auténtica realidad, una realidad que resulta terrible, por la acción del hombre, y trágica, por el efecto de fuerzas inexorables, como la muerte.

Lo que ocurre en este libro es que la realidad reflejada no es solo la objetiva, susceptible de ser captada por los sentidos, sino que esta aparece enriquecida en dos sentidos: primero, por la visión profunda que la voz narrativa añade a la misma; segundo, por la incorporación de aquello que forma parte de nuestro “imaginario”, pero que está más allá de lo aparente sensible. Se me podrá reprochar que estoy tratando de desvelar el sentido de la realidad reflejada en este libro y que recurro a un término derivado de “imaginación”, pero es que el entendimiento humano, frente al de los animales, se caracteriza por su capacidad de abstraer, de sacar conclusiones, de crear imágenes que recrean nuestra visión de la realidad. La imagen -en proporción similar a los sentidos- conforma nuestra concepción del mundo y de la vida.

La realidad es igual para todos, pero unos solo la ven con los ojos y otros saben verla con la inteligencia y el corazón. Al describir un cementerio, la voz narrativa de “El último jardinero” explica:

 

Enfrente, cruzando el paseo, mausoleos recubiertos descuidadamente por plantas trepadoras cuentan en esculturas historias de esposas adoloridas. Cabezas caídas y puños cerrados retienen corazones; manos desesperadas esconden rostros; rodillas que descansan en el suelo imploran confortación; torsos sumisos casi desnudos esperan consuelo y cuerpos retorcidos, envueltos en voluptuosos pliegues, pierden el aliento. La soledad esculpida en todo su esplendor.

 

De cada detalle de ese paisaje exterior, creación humana como ningún otro, se sabe hacer una lectura profunda; se sabe ver el calor humano que el frío mármol esconde; se sabe ver el sentimiento que refleja la insensible materia. Por eso, la conclusión no puede ser más contundente: “la soledad esculpida en todo su esplendor”. La voz autorial nos desvela y nos hace captar una realidad trascendida de la mera materia, una abstracción, una imagen del mundo. Y no solo se nos ofrece esa conclusión desde fuera; después de haber reparado en lo que esconde cada gesto de las esculturas, cada pliegue, cada actitud, los lectores hacemos nuestra esa terrible conclusión que cierra el párrafo.

En segundo lugar, la realidad aparece enriquecida por la inclusión en ella de aquello que no puede ser captado por los sentidos, que necesita de imágenes para lograr su comprensión, pero que intuimos su existencia. La realidad humana es distinta a la de los animales porque nuestra concepción de la vida incluye la conciencia de la muerte. Nada reúne en sí mismo una fusión tan perfecta de realidad e imaginación como la idea de la muerte. Sabemos que existe, que es una realidad ineludible e incuestionable, pero solo podemos acceder a ella como imagen, como abstracción. La conocemos en otros, pero no la experimentamos personalmente, puesto que cuando morimos cesa nuestra conciencia. Resultaría una realidad fragmentada si no incluyera nuestra concepción de la muerte y dicha concepción, por nuestra ignorancia, por nuestra impotencia, raya siempre el ámbito del misterio. Creamos imágenes para tratar de aprehenderla -símbolos amenazantes, como la calavera- y para tratar de conjurar su poder: abstracciones confortadoras como la existencia de los espíritus; o materializaciones de nuestra esperanza, como ángeles que guían nuestro camino hacia la salvación.

Fruto de la sorpresa que produjo la incursión del mundo ultraterreno en la realidad objetiva por parte de algunas novelas hispanoamericanas del llamado boom, se acuñó el término de “realismo mágico”. Se trataba así de explicar  esa fusión de realidad objetiva y de fenómenos inexplicables por la razón. Pero poco había de magia en esa realidad recreada narrativamente, por muy sorprendente que resultara para los europeos. Más bien habría que hablar de realidad plena, de realidad integradora, de realidad humana, marcada por la propia naturaleza del hombre, concebido como “ser para la muerte”.

Esa realidad humana, ampliada, a menudo enmascarada por la prisa, por el disimulo, por la inconsciencia de la vida moderna, es desvelada por Alice Velázquez-Bellot. La realidad objetiva es trascendida y se nos revela en toda su crudeza. Al incluir la muerte, la aprehensión de la realidad requiere necesariamente de la imagen. La objetividad de la muerte se concreta en la imagen del cementerio, contemplado como “morada de ensueño”. Lo primero que captamos al leer este libro es esa realidad ampliada, una realidad redescubierta por obra y gracia de la imaginación.

Pero la tragedia humana no está solo en su final, sino en el recorrido mismo. La vida moderna resulta desnaturalizada y deshumanizada, y, en consecuencia, frustrante.  Resulta deshumanizada porque el hombre ha perdido su norte. Hace cosas, muchas, como “Manitas de oro”, que “En la casa todo le era fácil: arreglar, agregar, construir, demoler…”, pero se sabe “un segundón” y se siente frustrado;  como Héctor Mitre, que se recluye en la casa colonial de sus padres huyendo del mundanal ruido; o como Cándida Pago, a quien “nadie añora” tras su desaparición final.

Los personajes que se pasean por los relatos de este libro son seres solitarios, disgregados, desubicados, forzados a una vida sin sentido. Por eso, cuando a veces, se les brinda la oportunidad de restablecer el orden, se sienten empujados a “concluir una misión”, sea de forma inconsciente, como “Cándida Pago” o de forma consciente, como “El último jardinero” o “El revividor”. Y muchos de ellos reclaman su derecho a crearse su propio paraíso natural, como “Manitas de oro” o “El hacedor de trinos”, este llegando a sentirse “Asistente único del Creador”. Y cumplen su misión, aunque tengan que inmolarse para lograr su objetivo: la muerte siempre está presente como realidad que no puede soslayarse.

 

Esa misión que muchos de estos personajes asumen tiene que ver con la desnaturalización de la vida moderna: se ha producido una quiebra entre la naturaleza y el ser humano. El hombre vive de espaldas a la naturaleza y eso traiciona su propio ser. Pero la naturaleza no se rinde y en este libro logra siempre el protagonismo que le corresponde. Como he dicho antes, en Ángeles arcabuceros se imponen soluciones fantásticas para agitar nuestras conciencias y recordarnos que nosotros somos los responsables de la traición a la naturaleza y que solo nosotros podemos restablecer el orden natural. A veces, la naturaleza se sirve de una persona para recuperar el terreno que la urbe moderna le ha arrebatado por la fuerza –como en “Cándida Pago”-, o para dotar de vida a aquellos seres a quienes el hombre se la ha quitado, como en “El revividor”. La naturaleza nos recuerda que ella es el origen de la vida, mediante el símbolo del nacimiento de los niños debajo de las “Piedras”. Otras veces la naturaleza se impone hasta lograr la metamorfosis de un hombre, como ocurre en “Juegos de piel”; o se sirve de “Ángeles arcabuceros” para preservar la religiosidad natural de los aldeanos; o muestra su poder, imponiendo su presencia continua a un hombre, como en “La inquilina”. Este relato resulta revelador: se parte de un hecho hecho prodigioso, el nacimiento  de una especie de nubecilla que rodea continuamente la cabeza de un hombre. Va a consultar a un sacerdote y este le explica así el fenómeno: “No es un hechizo ni una maldición, hijo, sino la pura naturaleza”. Y la única solución es devolverle a la naturaleza lo que es suyo, pero para poder hacer esto debe aprender a volar. En el proceso de aprendizaje, el sacerdote le da este consejo: “¡La brisa! Debes esperarla, oírla, penetrar en ella y ella se desliza por tu piel hasta ocupar tus huesos”. Es cierto que en este relato domina de principio a fin la imaginación, pero también es cierto que al final prevalece un mensaje que sirve para nuestra vida real: el reencuentro y fusión con la naturaleza, como única posibilidad de liberación.

Hay que destacar además que solo  la naturaleza brinda la oportunidad de poner en contacto la parte material y la parte espiritual del hombre. Esto se aprecia muy bien en “El último jardinero”, cuando el espíritu que se aparece al jardinero le explica:

Donde nos encontramos no es un azar. El Cielo y la Tierra se penetran, se mezclan en este punto y gracias a su terneza para con las madreselvas, ellas permitieron deslizarme y llegar hasta usted.

Esta concepción vital que subyace en Ángeles arcabuceros se apoya en una voluntad estética basada en la naturalidad, la precisión y la riqueza expresiva. Pero la sensación de naturalidad no debe ocultar la trabajada estructura y expresión de estos relatos. Las técnicas son variadas: por poner dos ejemplos, destaco la estructura circular, muy lograda, de “El último jardinero”, que consigue crear además la ilusión de la literatura dentro de la literatura; o la técnica de intercalar pasajes de la misteriosa historia narrada, en “El hacedor de trinos”, con pasajes de la reconstrucción policial, procedimiento que logra una mayor sensación de realidad, a pesar del carácter imaginario de lo narrado.

Cierro este prólogo retomando una de mis afirmaciones iniciales, la referida a la coherencia interna del libro. A pesar de la independencia y originalidad de cada uno de estos relatos, la unidad deriva del hecho de que el conjunto encierra una misma concepción vital. No llega a haber moraleja en los relatos. Al contrario, son cuentos con finales abiertos, pero, de alguna manera, vuelven a poner al hombre en el lugar que le corresponde. Podemos concluir que, al final de la lectura del libro titulado Ángeles arcabuceros, sentimos que, justamente, “El tiempo del vacío había terminado y el orden natural ya estaba restablecido”.

 

María Pilar Celma Valero

Adaptación del Quijote, por Arturo Pérez Reverte

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El “Quijote” popular y escolar

Adaptado por Arturo Pérez-Reverte
Editorial Santillana y RAE
Madrid 2014 – 592 pág. – 10,95 euros

A mediados del mes de diciembre pasado, se celebró en el salón de actos de la Real Academia Española (RAE) la presentación institucional de la edición escolar y popular del Quijote, adaptada por el académico y escritor Arturo Pérez-Reverte y publicada por la editorial Santillana y la RAE, con motivo de su tricentenario.

La sesión estuvo presidida por José Manuel Blecua, director de la RAE, y en ella intervinieron Darío Villanueva, secretario de la Academia y coordinador del programa del III Centenario, y Arturo Pérez-Reverte. A este acto han asistido, entre otros invitados, profesores de secundaria de distintos centros de enseñanza. Darío Villanueva, en días posteriores elegido como nuevo director de la RAE,  recordó que la edición  «constituye un homenaje a la edición del Quijote que la Academia publicó en 1780 [conocido como el Quijote de Ibarra], de la que se ha partido y sobre la que Arturo Pérez-Reverte ha trabajado». Además, ha añadido Villanueva, esta nueva edición reproduce por primera vez los dibujos con los cuales se tiraron las planchas de los grabados que se imprimieron en 1780, incorporando uno —que no se incluyó en su día— de Francisco de Goya.

«El Quijote es patrimonio común de todos los hispanohablantes y constituye una herramienta básica para los maestros». «Este es un Quijote cuidadosamente podado», ha subrayado Pérez-Reverte, «en el que he procurado que no se noten las costuras».Arturo Pérez-Reverte ha insistido en que «este Quijote no sustituye al otro sino que lo complementa». Hasta ahora, ninguna edición permitía, leer el texto «de corrido». Esto hacía que algunos profesores se encontraran con el problema de que en clase muchos alumnos se enredaran en las digresiones o historias complementarias que figuran en la obra. La intención de esta edición es, por tanto, «proporcionar una herramienta que facilite ese acceso, respetando, al mismo tiempo, el texto de Cervantes».

 «En esta Academia creemos que el Quijote sigue siendo un libro fundamental en la formación de cualquier estudiante en lengua hispana, tanto en América como en España. Y esto se debe, por una parte, a que hay una patria que es la de la lengua española, con 500 millones de compatriotas, en la que su bandera es el Quijote, patrimonio común a ambas orillas del Atlántico». Por otro lado, ha añadido Pérez-Reverte, el Quijote es, en clase, «una magnífica herramienta de trabajo. Un buen maestro, con una buena edición, podría utilizar la obra como única materia educativa durante un curso entero». En la rueda de prensa también intervino en representación de la editorial Santillana, Rosa Junquera Santiago, su directora de Comunicación Corporativa quién subrayó que la tirada inicial es de 30.000 ejemplares

 

Diciembre y nos besamos, de Paula Bozalongo

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PAULA BOZALONGO, DICIEMBRE Y NOS BESAMOS
(Premio Hiperión  2014)

La estudiante de arquitectura Paula Bozalongo (Granada, 1991) ha merecido el XXIX Premio de Poesía Hiperión con su primera obra, Diciembre y nos besamos. Además del importante reconocimiento literario, esta última edición del premio nos recuerda que, para explicar el bagaje intelectual del arquitecto, no podemos olvidar su formación humanística, sus lecturas y referentes culturales. Son esenciales, en este sentido, las citas que abren el libro, pues revelan dos claves de su poética: la atención a lo cercano, a lo concreto (Prefiero que me guste la gente/ a amar a la humanidad, Wislawa Szymborska); y la búsqueda de una voz poética serena, íntima y colectiva a un tiempo (Lentament, la nostra vida/ va entrant en els meus poemes./ Dintre d’ells t’esperarà, Joan Margarit).
El volumen comprende 26 composiciones que se distribuyen en dos estancias. A modo de antesala, hallamos un poema-pórtico en el que, desde una habitación vacía, la voz lírica anuncia su “duelo en el cristal” con un sencillo propósito delimitado temporalmente: “para que no te olvides/de quererme en invierno”.
Como insinúa el propio título, Diciembre y nos besamos es un poemario de hibernación y de descubrimiento. Entramos primero en una oscura estancia donde algunos “números reales” esperan el olvido, agazapados, “a la izquierda del tiempo”: el poder transformador de la emoción reinventa la lógica interna del tiempo y del espacio, como hiciera Ángel González en su poesía.
El inicio rescata la experiencia del caos, los simbólicos ciclones que arrasan ciudades, y la difícil renuncia a los escombros que quedan tras la catástrofe:
      Todos están de acuerdo en que vuelva el desastre.
      
      Yo no quise quedarme sin todo lo que tengo
      para empezar de cero.
      
      Cero de todo es nada.
       (“A la izquierda del tiempo” vv. 21-24)
 
Bajo el desamparo, late el miedo a “vivir muerta de frío” entre recuerdos domésticos que estallan en el eco de un llavero que cae en el salón. El sentimiento de distancia queda encarnado en la “fría escultura de Bernini” y  en una luz cegadora que no ayuda a “encontrar los libros,/ los vestidos de fiesta/ que había en el armario”. La búsqueda del amor “en el frío/ o en el tráfico lento de los días de lluvia” se diluye en el encuentro de dos “anfibios de ciudad”, cuyo rastro se pierde con las aguas de un nuevo deshielo, porque “es posible otra vez perder lo que perdimos”. Son versos que transmiten el grito ensordecedor de la casa ausente, el ruido del llanto en la tormenta, o la decepción en un disparo que destroza los sueños cuando “el futuro se queja de no ser quien creía”.
De las habitaciones cerradas nos traslada a las ruinas de la posguerra en Sarajevo, donde los hombres intentan defenderse del recuerdo de la muerte “pintando las fachadas de azules estridentes,/de fucsias desbordados” y jugando insólitas  partidas de ajedrez en las baldosas:
      Pero todo está aquí,
      la destrucción me mira en Sarajevo,
      luego sigue jugando al ajedrez.
      (“Sarajevo”, vv. 19-21)
 
Así, una “sombra inevitable” se cierne sobre esta primera estancia habitada por la incertidumbre y por un negro “sin matices ni escalas ni brillo ni contrastes”; el negro del pasado al que nunca volveremos y del que no podemos desasirnos:
      Todas las decisiones que tomamos un día
      siguen acumuladas como escombros
      o porciones etéreas
      que escalan y se alzan
      igual que enredaderas
      que nunca se separan de nosotros.
      (“La sombra inevitable”, vv. 1-6)

El recuerdo doliente es tangible, se palpa en las cicatrices que ansían una única respuesta esperanzada:
      Prefiero que el olvido se lleve las preguntas
      y traiga una certeza:
      que nunca lo peor es lo más importante.
      (“Cicatriz”, vv. 1-3, 11-13)

La indefinida melancolía se precisa a través de formas y estructuras, metáforas arquitectónicas que perfilan el sentido del desorden. El poema “Geometría” traza una estampa cubista. Las siluetas de los amados se convierten en bellos triángulos, trapecios, círculos y elipses que acompañan, pero no revelan: “me faltan dimensiones/ para explicar el mundo”, concluye la voz lírica.  
El inicio de la segunda parte del libro se ilumina con el poema “Una luz sobre el mar”, un faro que une “el miedo y la llegada”. La calma vence al fin a esa prisa que “nunca prometió ventaja”, y van desvelándose sucesivos descubrimientos poéticos y vitales que invitan a salir, lentamente, de la hibernación. Desde el sentimiento de libertad juvenil vivido en Central Park (“cómo vas a temer a las alturas/ si nosotros nacimos para tocar el cielo”) hasta la conciencia sobre la historia colectiva de Berlín (“las balas han hundido/ su recuerdo en la piedra/ a la entrada del Altes”). Los pasos de la voz lírica transitan líneas paralelas que se cruzan, aguardando llegar a ser un círculo, con el presagio de un “futuro que arde”.
Como en la casa lírica de Luis Rosales, van encendiéndose, progresivamente, diferentes estancias en forma de poemas: “Ana y los hombres buenos” es la irrenunciable caricia familiar que sobrevive, día tras día, a la muerte; “El hombre que no quiso ser destino” rehúye, con dificultades, la tiranía del azar; “La mujer se hizo cueva”, contemplada por turistas que ignoran su historia milenaria, dueña de recovecos y refugios, descubre que “no hay mujeres sin luz/ ni casas sin ventanas”.
La introspección da paso al deseo de ser “distinta cada tarde”, a la curiosidad y a la observación de ciudades y de espacios habitados, y también a vivir serenamente con la huella intermitente del error: “Imagina el abrazo que no has dado,/ no hay noches sin mañana”.
La tristeza fría y lluviosa, el derribo y el olor de despedida impregnan un poemario de juventud, cuya madurez se asoma en un diciembre amoroso sobre el que planea, sutilmente, la ironía y la violencia:

      En Corea del Norte ya se ha acabado el año.
      
      Diciembre, y nos besamos.
      […]
      
      El último cartucho de pólvora festiva
      ya ha explotado, preferirán a ratos
      no haber vivido nunca un fin de año
      cargado de artificios,
      ahora todas las noches
      les parecen oscuras.  
      (“Diciembre y nos besamos”, vv. 1-2, 10-16)

Con Diciembre y nos besamos Paula Bozalongo esboza el plano de una casa encendida sobre una “ciudad de servilletas,/ volátil, imprecisa/ como todos los suelos”, en la que esperamos que siga proyectando sus firmes trazos y versos.
Es invierno y hace frío.
Pero tal vez este poemario nos ayude “a caminar/ felices sobre el miedo”.

Inmaculada Rodríguez-Moranta
Universidad Rovira y Virgili

Javier Serrano Avilés, La enseñanza del español en África Subsahariana.

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Serrano Avilés, Javier, ed. 2014. La enseñanza del español en África Subsahariana. Madrid: Catarata (640 págs., ISBN-13: 9788483199442. Precio: 28,00 EUR)
Compra-e: http://www.loslibrosdelacatarata.org/libro/mostrar/id/964

 

Las cifras son sorprendentes: casi un millón y medio de personas estudian español en diversos países del África subsahariana. Y, sin embargo, apenas tenemos noticia de la situación de este tipo de enseñanza, de sus peculiaridades, de sus necesidades, del potencial cultural, social y económico que puede suponer este desarrollo de la enseñanza del español.  El español del África subsahariana es un tema ignorado, al que las autoridades conceden escasa importancia. La situación, no obstante, puede cambiar gracias a la aportación que supone este libro.

Bajo la dirección y coordinación de la Embajada de España en Kenia, treinta y cinco hispanistas y profesores de ELE han plasmado sus conocimientos sobre la situación de los estudios de español en África subsahariana y algunos han compartido su experiencia como docentes en ELE en algunos de los veintisiete países subsaharianos. Así, la situación actual de la enseñanza del español en estos subsaharianos en los que la presencia de nuestro idioma es muy importante queda al menos documentada, para futuros estudios y para campañas de concienciación y de apoyo.

El presente libro, basado en un concienzudo estudio de la situación de la enseñanza del español in situ, ha sido posible gracias a la colaboración de las siguientes instituciones y empresas: Instituto Cervantes, Casa África y Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo del Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, Gas Natural-Fenosa, Indra e Isolux-Corsán. Ha sido también de gran ayuda la colaboración de  las embajadas de España en África (Angola, Cabo Verde, Camerún, Costa de Marfil, Etiopía, Gabón, Ghana, Guinea Ecuatorial, Kenia, Mozambique, Namibia, Níger, Senegal, Sudáfrica y Tanzania).

El coordinador: Javier Serrano Avilés estudió Filosofía, Teoría de la Literatura y Didáctica de ELE en diversas universidades de Madrid, Granada y Barcelona. Ha sido lector de español en la Universidad de Makerere (Kampala) y profesor en centros de secundaria de Sevilla y Granada. Actualmente es Profesor agregado de español y literatura en la United States International University-Africa de Nairobi. Desde 2012 es también instructor de español en el centro de lenguas de la Oficina de la Organización de Naciones Unidas en Nairobi. Es vicepresidente de la Association of Teachers of Spanish-Kenya y miembro de la Junta directiva de la FIAPE.

Colaboradores : Leyre Alejaldre Biel, Vital Tama Bena, Julián B. Bibang Oyee, Leticia Blanco Muñoz, Joanna Boampong, Ismael Chadouli Muñoz, Rosa María Díez Cobo, Clara Julia Encinas Plana, Dámaso Estévez Calero, Ndiogou Faye, Lucía Gil Villa, María Gómez Amich, Aránzazu González Sánchez, Samuel F. Juan Catalán, Theopile Koui, Jesús Lasso Rey, Miriam López Maugis, Nathali Martínez, Antonio J. Manso Luengo, Carlos Moncada Valdez, Jean-Marie Ngom, Nicolás Ngou-Mve, Amidou Nshimirimana, Sosthène Onomo Abena, Abel Pérez Abad, Janie Raharivola, Silvia Rodilla Rivas, José Ignacio Sánchez y Alonso de Villapadierna, Miguel Saporta, Laurent-Fidèle Sossouvi, Amanda Suárez López, Purity Ada Uchechukwu, Uriel Valencia Guerra y Pedro Pablo Viñuales Guillén.

«También esto pasará», de Milena Busquets

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Anagrama, 2015.

“También esto pasará” es la frase que, tras meses de deliberación, los sabios de un reino ofrecieron al poderoso emperador que necesitaba un lema que sirviera para cualquier momento de la vida, como refugio ante la adversidad o ante la fortuna. Esther Tusquets compartió ese relato con su hija para consolarla del fallecimiento del padre, cuando aún era una niña: “El dolor y la pena pasan” –añadió- “como pasan la euforia y la felicidad”.

También esto pasará es el título que Milena Busquets (Barcelona, 1972) ha escogido para su segunda novela, libro-revelación de la Feria de Frankfurt, publicado en Anagrama y en Amsterdam Llibres (en español en catalán), y con contrato en más de veinte sellos editoriales de todo el mundo.

La autora ha creado a su alter-ego, Blanca, una mujer de unos 40 años, con dos hijos, dos ex maridos, dos amigas y un amante, a los que reúne en su regreso a Cadaqués, el paraíso perdido de la infancia y juventud, el paraíso que ahora habita su madre, enterrada en el cementerio de Port Lligat. Con esta atípica conjunción de personajes como marco de un duelo, Busquets construye una carta de amor, un homenaje, a su verdadera madre: la escritora y editora fundadora de la editorial Lumen, cuyo nombre y profesión se obvian, respetuosamente, en las páginas de la novela.   

La reconstrucción del complejo vínculo madre-hija se alterna con una indagación personal en la que lo grave armoniza con lo frívolo, y el dolor de la pérdida se apacigua con la búsqueda del placer. Los coqueteos, las reflexiones mundanas, la compañía de sus amigos que aún fuman porros mientras los hijos duermen, las mañanas estivales “en las que lo más importante es decidir lo que se va a comer a mediodía y embadurnar a los niños de crema solar” forman parte del presente de Blanca, una mujer apasionada e irónica, desvalida y contradictoria, para quien “la ligereza es una forma de elegancia”. Blanca es un “fraude de adulto” que daría lo que fuera por volver al asiento de atrás del coche de su madre; es un personaje que se mira a sí mismo y mira a su alrededor, en ocasiones, con cierta distancia y frialdad, acaso para aligerar el exceso sentimental provocado por la ausencia de su ser más querido, a quien  apela constantemente en el relato:

Amamos como nos han amado en la infancia, y los amores posteriores suelen ser sólo una réplica del primer amor. Te debo, pues, todos mis amores, incluido el amor salvaje y ciego que siento por mis hijos. Ya no puedo abrir un libro sin desear ver tu cara de calma y de concentración, sin saber yo que no la veré más y, lo que tal vez sea incluso más grave, que no me verá más. Nunca volveré a ser mirada por tus ojos. Cuando el mundo empieza a despoblarse de la gente que nos quiere,  nos convertimos, poco a poco, al ritmo de las muertes, en desconocidos. Mi lugar en el mundo estaba en tu mirada.

La novela se abre con el sobrio funeral en el que, por deseo de la difunta, han quedado prohibidos los versos, la música, las flores y los rezos. Blanca se percata de que “hay mucha gente y falta gente”, y pone al lector frente a una terrible realidad: el deterioro físico y mental aleja, a menudo, a los que un día fueron grandes amigos; y fácilmente acerca, en cambio, a los que no han vivido el trance, y solo “recuerdan a la persona gloriosa que eras hace diez o diez mil años”.

El credo de la protagonista se resume, en ese punto de su vida, en el convencimiento de que estamos hechos de ausencias, de que “somos más las cosas que hemos perdido que las que tenemos”. Debe calibrar ahora la distancia exacta que quiere tomar  frente a su madre; debe pensar en qué hacer con los recuerdos materiales, y resolver si quedarse con una prenda simbólica: la chaqueta de lana azul grisácea con rayas de color teja.

Los recuerdos punzantes brotan hasta en los ladridos de unos perros, pero la protagonista trata de seguir viviendo con ligereza a través de los besos furtivos, las carcajadas de artificio y las ocurrencias aforísticas. Para Blanca, “lo contrario de la muerte no es la vida, es el sexo” y “la vida no tendría mucho sentido sin las noches de verano”.  Su exaltación hedonista se percibe, a ojos del lector, como una necesidad humana y  animal, de sentirse arropada, tocada, querida: “Desde tu muerte, lo único que me alivia es el contacto físico, por muy fugaz o casual o leve que sea” (cap. 8).

Blanca vuelve al refugio costero de su madre y allí recuerda por qué ama esta tierra, “este cul-de-sac escarpado y feroz de atardeceres rosas”, resguardado por montañas y por misteriosas brujas, que ahora han acogido a una nueva (sobra aclarar a quién se refiere). Allí se detiene a observar la adolescencia de su hijo, Edgar, que “camina cansina y lánguidamente, barriendo el aire […] como si todos los sitios fuesen una pesadez, o como si ya los hubiese visitado un millón de veces”. Allí, por vez primera, sale a la calle sin el objetivo de llegar a ningún sitio, con el único afán de sentarse a ver pasar la gente:

El mundo se divide entre los que se sientan en los bancos de la calle y los que no. Supongo que he pasado a formar parte del grupo de los ancianos, de los inmigrantes, de los desocupados, de los que no saben a dónde ir.

Volver a Cadaqués es empezar a recobrar la mejor versión de su madre, la generosa que ayudó discretamente a los lugareños en las dificultades económicas; la mujer despeinada al timón del Tururut, la amante de sus perros y de los perros sin dueño. Es reconstruir el rostro oculto tras la máscara que le puso la enfermedad, cuando se convirtió en un “monstruo del egoísmo” y depositó toda la responsabilidad de su “menguante felicidad” en los hombros de la hija, a la que nadie había avisado de que, un día, tendría que convertirse en madre de su madre (“Y, mamá, no se puede decir que como hija me dieses muchas satisfacciones, la verdad. No fuiste una hija fácil”). Allí entiende que solo sus hijos, los niños, fueron “capaces de ver y de llegar, a través de la enfermedad y de la bruma, a la persona que fuiste”.

Volver a Cadaqués es sentirse viva en la soledad irreparable. Es contemplar con otros ojos los apartamentos de verano de los años 70 “con mucho cemento pintado de blanco, escaleras de madera rojiza, largos pasillos y grandes ventanales con magníficas vistas al pueblo y a la bahía”: aquellos pisos que un día fueron una comuna hippie. Es evocar a los protagonistas de la “gauche divine” barcelonesa, al círculo social y cultural que rodeó a su madre, un grupo de jóvenes rebosantes de ansias de libertad, vitalidad, y diversión, a los que ella solo pudo atisbar con fascinación −desde el coto vedado de la infancia-, con un esfuerzo que ya no conocerán los niños del siglo XXI:

Reconozco al instante a los hijos de aquella generación, a los asilvestrados que, como yo, fueron educados por padres lúcidos, brillantes, exitosos y muy ocupados, adultos empeñados en que el mundo fuese una fiesta, su fiesta. Somos, creo, la última generación que tuvo que ganarse, a pulso, el interés o la atención de sus padres. En muchos casos, lo conseguimos cuando ya era demasiado tarde. No consideraban que los niños fuesen una maravilla, sino un engorro, unos pesados a medio hacer. Y nos convertimos en una generación perdida de seductores natos. Tuvimos que inventar métodos mucho más sofisticados que simplemente tirar de la manga o echarnos a llorar para que nos hiciesen caso. […] Ahora tengo la casa forrada con los dibujos de mi hijo pequeño y escucho al mayor tocar el piano con la misma reverencia que si fuese Bach resucitado. A veces me pregunto qué ocurrirá cuando esta nueva generación de niños cuyas madres consideran la maternidad una religión –mujeres que dan de mamar a sus hijos hasta que tienen cinco años y entonces alternan el pecho con los espaguetis−, mujeres cuyo único interés y preocupación y razón de ser son los niños, que educan a sus hijos como si fuesen a reinar sobre un imperio […] crezcan y se conviertan en seres humanos tan deficientes, contradictorios como nosotros.

Volver a Cadaqués es cuestionarse sobre su educación sentimental  y  la de su generación, sobre su origen y sobre su tendencia a vivir en la indolencia,  la utopía, y probablemente en el egoísmo, como le reprocha su amiga Elisa:

 −¿Sabes una cosa, querida Blanca? Esa idea infantil que tienes de un nuevo tipo de sociedad, que en teoría nuestra generación está construyendo sin que nadie se dé cuenta, donde todo el mundo se entienda y bese a quien quiera cuando le apetezca y entra y salga de las relaciones como quien entra y sale de su casa y tenga hijos por aquí y por allá, sólo funciona cuando los demás te importan una mierda.

El retrato de la madre evoluciona a medida que avanza el largo monólogo de Blanca: del recuerdo oscuro de los últimos tiempos de desacuerdos y discusiones, del odio y los rencores, de las mentiras y el dolor de no sentirse querida (“eres mala, Blanca, eres mala”) a la compasión ante su madre, una mujer brillante y popular, que en la vejez empezó a notar que lo que explicaba ya no interesaba a nadie. La indagación personal reconstruye, progresiva y lentamente, la complicidad que las unía, y dibuja las facciones de aquella mujer culta, tierna y siempre condescendiente ante cualquier error cometido por amor; una madre exigente y bondadosa que, ahora, no la espera tras la celda del cementerio, sino desde la felicidad del muelle, camino de la barca y del mar, con su indumentaria desaliñada y las piernas morenas llenas de moratones, acompañada de sus tres perros.

Volver a Cadaqués es hacer un recuento del legado infinito e intangible que han heredado sus hijos gracias a lo que vivió junto a su extraordinaria madre. Tal vez por esta razón la protagonista declara que el lema de los sabios del cuento es falso, porque no quiere que sea cierto que también esto pasará.

Inmaculada Rodríguez Moranta

Universidad Rovira i Virgili

Hemos oído… a un coro de Georgia

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En la céntrica Calle de Castelló en Madrid está situada la Fundación Juan March, que ofrece casi todos los días de la semana un extraordinario surtido de música de cámara, además de conferencias y exposiciones sobre temas de literatura y cultura general. Acude a estos eventos un gran número de personas interesadas, y una de las razones es que todos ellos son gratuitos.
En noviembre y diciembre del año pasado, por ejemplo, hubo una tarde de música  dedicada a la obra del escritor alemán, Thomas Mann, en que al lado de los varios lieder interpretados por barítono y piano, se pudieron escuchar trozos de las obras de Mann recitados por actores del calibre de José Luis Gómez y José María Pou.
A fines de febrero de este año, 2015, un coro del país euroasiático Georgia ofreció un programa de cantos a cappella de la liturgia ortodoxa representativos de los tres monasterios-escuela del país, esto en la primera parte, y en la segunda cantos profanos con y sin acompañamiento instrumental. El coro estaba compuesto por 14 hombres, básicamente de cuatro tipos: voz aguda, voz media, voz grave y yódel.
Las obras de coro georgianas presentan unas idiosincrasias que las diferencian de lo habitual. Nosotros en el Occidente solemos ver a un director de coro que hace buen uso de mano y brazos, situado en el centro frente a su coro. El director del Ensemble Basiani, al contrario, se situaba al extremo del semi-círculo de cantantes y dirigía al compás de ligeros movimientos de  cabeza y  hombros, un liderazgo al parecer muy eficaz.
La técnica del yódel es algo que se asocia habitualmente con músicas populares del Tirol, pero esta técnica, que consiste en alterar sonidos producidos por resonadores de pecho y de cabeza, se practica  también en músicas populares del África negra, el Cáucaso y las Islas del Pacífico. El compositor ruso-norteamerciano Igor Stravinsky ha afirmado que el yódel georgiano fue "el mejor de cuantos he escuchado jamás!"
Otra distinción de la música de Georgia es la ejecución de lo que en el Occidente se interpreta como 'disonancia'. Se ha dicho que la música georgiana se caracteriza por cambios armónicos abruptos, que resultan chocantes  al oído occidental. Es un aspecto que se debe al trato idéntico que reciben los llamados acordes 'consonantes' y 'disonantes' en la teoría occidental: el georgiano no establece dicotomía alguna entre consonancia y disonancia sino que ambas forman parte, y por igual, de su lenguaje armónico y por ello son potenciales portadoras de belleza y expresión.
Finalmente, podemos añadir que el canto histórico chakrulo constituyó uno de los ejemplos musicales que, junto con otros  materiales representativos de la identidad y diversidad cultural del planeta Tierra, fue enviado al espacio en agosto de 1977 a bordo de la sonda espacial Voyager, con el fin de que hipotéticos mundos habitados en ésta y otras galaxias pudieran decodificar y apreciar tan incalculable tesoro musical.

Graham Long